C.E.F. 13 SAN FERNANDO
No sé a qué edad exactamente empezamos a ir a la colonia de invierno del C.E.F. 13 de San Fernando, pero creo que ya vivíamos en Henry Ford por lo tanto yo tendría 9 y mi hermano Martin 7 años.
Tampoco sé en qué momento nuestros padres estaban y compartían tiempo con nosotros, porque entre semana de Lunes a Viernes íbamos a un colegio bilingüe en San Isidro en épocas de Panamericana de dos manos, lo cual implicaría algo así como una hora de ida y otra de vuelta, saldríamos de casa a eso de las 7 am para entrar al colegio a las 8 y regresaríamos no sé a qué hora porque casi todos los días, a la salida del colegio a las 16.30 horas teníamos alguna actividad extra escolar.
Por mi parte yo iba algunos días a danza (folclore y clásico) a un Instituto “FIlsinger” en Pacheco y otros iba a francés a la Alianza Francesa en San Isidro, en Terrero 82, a una cuadra del actual McDonald´s de la zona.
Suponiendo que fueran dos a danza y dos a francés ya sólo me queda una tarde libre en la semana. Descontemos eventuales tareas, días de médicos, dentista, etc.
Y sumado a esto desembarcó en casa la idea de que hiciéramos deportes y mis padres nos anotaron sin mediar consulta alguna en el C.E.F. 13 de San Fernando a donde iríamos -según nos informaron un fin de semana previo a arrancar- a una especie de colonia de vacaciones, pero todo el año. Sábados de 9 a 16 horas y domingos de 9 a 13 horas.
O sea, madrugar todos los días.
El C.E.F. 13 (Centro Nacional de Educación Física) era un centro dependiente del Ministerio de Educación de la Nación y sus servicios iban desde las clases de gimnasia para mayores hasta las actividades para chicos especiales, pasando por la tradicional colonia de verano e invierno, amén de que era una institución famosa por sus exitosos equipos de Hándbol, Gimnasia artística, Jabalina, Softball, Básquet entre otros deportes.
Para mí lo mejor que tenía el lugar era: las “adalides”, los helados del buffet y en algún momento cuando logré insertarme también me gustaban las muestras de fin de año y los campamentos anuales.
Yo a los deportes los odiaba porque simplemente siempre fui malísima para las actividades físicas, no me gustan, y no tengo cualidades ni ganas para realizarlos. Tema cerrado.
Los adalides eran las ayudantes de las profesoras en el caso de las mujeres, que como eran chicas más grandes que nosotras, que estudiaban el profesorado de Educación Física en ese mismo lugar entre semana, tenían de 18 años para arriba, cuerpos de deportistas, y entre otras virtudes para mí todo ese combo ya las ubicaba en un pedestal.
Los helados eran una crema blanca suave que salía de una máquina donde el viejito que los despachaba bajaba una especie de canilla, ubicaba y sostenía el cono abajo y llenaba el cono con esa crema deliciosa en forma artística hasta que lo terminaba en una punta alta y enrulada, y encima salían dos pesos, con lo cual además era lo único que podía comprarme y eso es lo que hacía sin excepción.
Mis padres nunca fueron de darnos plata ni para el colegio ni para el C.E.F. y yo odiaba ver que en los descansos todos corrían a sus mochilas a buscar de los bolsillos los bollos de billetes que les daban sus padres y se acercaban al mostrador del buffet desesperados por gastarlos todos en lo que fuera: pebete, juguito congelado, palitos salados, una especie de chizitos dulces color rosado, chupetines sabor coca, caramelos de vuelto, gaseosa en un vaso de plástico blanco servida a granel y sin gas, pero era coca, no agua del bebedero… que odio me daba. Y yo haciéndome la indiferente, guardando los míseros ahorros para un descanso a elección, uno solo de los 2 que teníamos a la mañana y de los 2 que teníamos a la tarde, que tenía que ser elegido con astucia, para que resolviera no solo el gusto por el helado, sino el placer de refrescarte cuando a la tarde moríamos de calor. Nada como ir a comprar en el último descanso, después de la pileta libre, ya bañados, frescos, listos para ir a las filas y a casa, y los profesores nos dejaban ir así luego ya nos quedábamos quietos formados y sentados en fila india, pero yo en este caso no compraba porque mi mamá nos esperaba del otro lado del alambrado y yo no quería que me viera comiendo helado con una plata que ella no me había dado.
A veces esos billetes o monedas me los daban mis tíos Román o Luis, los domingos y yo los arrugaba en un bolsillo del pantalón y los guardaba hasta la semana siguiente para invertirlos planificadamente, a veces no me aguantaba y los gastaba en el colegio en la semana.
En otras ocasiones, cuando encontraba un vuelto en la mesa de mi casa, sigilosamente me lo guardaba, y lo juntaba hasta dar con la suma necesaria. ¿No sé por qué eran tan tacaños y jodidos mis viejos para estas cosas, si estaban forrados en guita? ¿No tuvieron infancia? Íbamos a esquiar y a Europa, dos vacaciones por año y después no te largaban 10 pesos miserables para estos grandes hitos de la vida infantil…
¿No sabes lo que significa tener plata y comprar en el kiosco del colegio, sin necesidad de andar mendigando un sorbo de coca y que el que te convidaba te pusiera el dedo en la pajita y en cuanto efectuabas la primera succión te doblara la pajita a modo de freno para que no te cebes? ¿Sabés que se siente tener que medirte y pedirle a Carlos Ibarra que te convide un mordisquito de sándwich de salchichón y que te marque la cancha con el pulgar para que no muerdas más de la cuenta, y encima después tener que hacerle los mapas de todo el día a ese forro? Que falta de dignidad...
Las muestras de fin de año me gustaron una vez que ya había hecho migas con algunas compañeras y me iba a animando a formar parte cuando menos ya que no de las destacadas deportistas, pero al menos de las sobresalientes chupamedias de las profesoras, y me avocaba con fervor a tareas como llevarle la libreta de asistencia a “la profe”, que me prestaran el silbato, sostenerle el megáfono, elegir la música de las coreografías porque mis compañeras no estaban a la altura (para algo tenía que ser buena) o bien para pensar en el outfit de la coreo que también para ello tenía mejores cualidades y sentido de la estética que la media. Para lo demás no servía para nada a nivel deportivo.
Y, por último: los campamentos, los cuales fueron la última adquisición dentro de las actividades que me gustaban, porque se trataba de todo menos hacer deportes. Planificábamos durante semanas con quienes nos íbamos a sentar en el viaje y con quien íbamos a dormir en las carpas. Y el campamento era libertad: armar la carpa, cocinar, caminata, rapel, fogones, canciones y el viaje en micro de ida y de vuelta cantando a los gritos, parados, rebotando entre los asientos, golpeando el costado del colectivo con las manos y el brazo íntegro por fuera de todas las ventanas y el chofer que lo soportaba todo, mientras algún transgresor se animaba incluso a escupir por la ventana a los autos que nos pasaban a una altura más abajo. El susto indecriptible que nos pegamos una vez en un semáforo, recién habíamos salido e íbamos por la calle Perón de San Fernando con destino final Otamendi, cuando sin verlo venir se bajó de un auto un gordo enorme, se agarró del pasamanos del colectivo, golpeó la puerta y le grito al chofer “abrime”, y solo subió un escalón y señalando para el fondo dijo mirando a un grupo de varones: “volvé a escupir pendejo que te bajo del micro de los pelos”. No sé si se asustaron más los profesores o nosotros, pero ese viajé trascurrió en silencio sin que ni siquiera nos lo indicaran.
Fuera de esto para mí el C.E.F. fue una experiencia que agrupaba casi todo lo que me generaba incomodidad en mi vida.
1) La falta de habilidades para los deportes como mencioné líneas arriba, que entre otras cosas me exponía siempre a andar en maniobras adicionales para zafar de los malos momentos y no quedar tan expuesta en mi marginalidad: me daba miedo que me metieran un pelotazo con la bocha de softball, me dolía el vaso cuando corría posta y resistencia, no me animaba ni a acercarme a las paralelas y a nada en altura para hacer gimnasia artística o deportiva, la jabalina la lanzaba a centímetros de mis pies, y así con cada deporte un contratiempo crónico.
2) El no poder acceder a los buffet, tema que ya desarrollé ampliamente.
3) Mi desarrollo tardío que hacía que pareciera la mascota del grupo, lo cual me obligaba a destacarme en ser graciosa y buena amiga, porque para novio o chico que gustara de mí no me alcanzaba porque siempre estaba rezagada en referencia a los de mi edad.
4) La vestimenta: al igual que con el tema dinero, nuestros padres siempre fueron muy poco considerados con la ropa con que nos mandaban y lo que nos dolía era que no era por falta de recursos, sino por un grado altísimo de mal gusto y un cero sentido de lo que se usaba y lo que no y lo que ya pasaba del lado del ridículo, más aún para dos preadolescentes como éramos con mi hermano en aquel entonces. Cuando todos usaban Topper mi mamá nos compraba en una zapatillería de barrio llamada La Bomba unas zapatillas marca BLITZ que no solo que eran de cuero, sino que eran marrones. Ni siquiera blancas, que igual ya serían feas; ¿pero a quién se le ocurre marrones? Parecía que íbamos en zapatos, literal. Además, eran la peor imitación de unas Puma que podían haber hecho, porque tenían la pipa del costado exactamente invertida y con unas líneas doradas. Ni siquiera se reían de nosotros, debíamos darles lástima. Como si fuera poco, no teníamos los equipos Adidas de 3 tiras que tenían casi todos los que podían afrontar este gasto, o los lisos en su defecto, que siempre te zafan de un mal momento, porque para imitación triste siempre es mejor un jogging liso clásico que pasa desapercibido. Pero no, nosotros teníamos uno bordó, no azul ni negro, con 4 tiras finitas en cada lado. Imaginen solamente ese pantalón y campera con las zapatillas marrones. Triste. Todo esto parece una pavada y una frivolidad contado tantos años después, ya siendo madre, pero para mí fue realmente traumático todo esa combineta de factores., sin hacer de esto un drama tampoco.
La vida te hace fuerte antes las adversidades y nos hicimos chicos despabilados con mi hermano y esto fue el comienzo de una serie de rebeldías y en la primera que pude con ahorros de una navidad + un cumpleaños junté la suma necesaria para comprarme unas Topper de lona preciosas, sin el refuerzo del tobillo porque eso costaba unos cuantos Australes más, y me las compré a escondidas con el apoyo seguramente de algún adulto que no eran mis padres. Las llevaba al colegio los días de gimnasia y al C.E.F. los fines de semana, ocultas en mi mochila y ni bien entraba, corría al vestuario o al baño antes que me cruzara con nadie, me sacaba las vergonzosas BLITZ, las metía en una bolsa y en su lugar salía del vestuario con un andar relajado y mis flamantes zapatillas nuevas. La misma historia la repetía al salir del colegio o al salir del club, antes que mi mamá me divisara en la fila con su vista controladora y se diera cuenta de la maniobra que se llevaba a cabo cada sábado y domingo a sus espaldas.


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