COOPERATIVA TELEFÓNICA, BUENAS TARDES

Allá por los 90 fue mi primer trabajo de oficina oficial y en blanco. 

Antes había tenido otros trabajos, pero mucho más informales. 

Había trabajado varios Diciembres con mi papá repartiendo a pie y con Filcar en mano , por un microcentro que desconocía y que para mi al día de hoy es una incógnita poder ubicarme en sus calles,  las tarjetas de fin de año y los regalos corporativos  a sus contactos y clientes;  luego trabajé en Unicenter en un par de marcas de ropa y en medio había hecho algunas publicidades que eventualmente por un día de filmación me resultaban más que trabajar una quincena, pero me daban vergüenza los castings así que solo iba a los que no te hacían hacer pruebitas de ningún tipo más que ir llenar los datos y mirarte si dabas o no con el perfil de la marca.  Si pedían alguna otra cosa, así como entraba me iba.  Con lo cual al poco tiempo desistí porque no tenía pasta para esas filas de días enteros donde quedaba 1 de cada 100 y no estaba dispuesta a reproducir ningún texto para ver como daba en cámara.  Y así fue como terminé en la Cooperativa Telefónica López Camelo. 

Yo era la telefonista de la Cooperativa, una empresa chica, con buenos sueldos y buenos beneficios, pero que se le traslucía su estirpe medio-pelo por todos los costados.   

Mi papá era el presidente y venía de toda la vida del mundo corporativo y empresas globales y quería que la cooperativa fuera eso, que tuviera ese perfil, pero era imposible, era una cooperativa en el medio de la nada en aquel entonces. 

Mi trabajo en principio era mayormente atender el teléfono, decir “Cooperativa Telefónica buenos días o buenas tardes” y transferir los llamados con quién correspondiese o a lo sumo dar alguna información básica. 

Las chicas usábamos trajecitos azul marino de telas baratas y camisas lisas o con rayas finitas, nada muy jugado.  Parecíamos empleadas de un sanatorio.  Nos disfrazaban de falsas ejecutivas, pero al mirar los zapatos se notaba a 2 cuadras que la mayoría eran chicas de barrio con aspiraciones simples a las que en muchos casos alguien les había prestado esos tacos hasta que pasaran los 3 meses de contrato y quedaran efectivas y pudieran comprarse los propios si es que pasaban la prueba de fuego.  Todo un ambiente muy peluquería de barrio. 

Marlene, la cajera, tenía casi 60 años, flaca como un palo de escoba, la piel seca y arrugada de tanto pucho, fumaba More largos mentolados de paquete verde y donde la cruzabas fuera de su puesto de trabajo en los momentos que tenía descanso, o iba a almorzar o al baño, iba con su preciado manojo de llaves de la pecera donde trabajaba y de su cajón con la recaudación; y su paquete de puchos apretadito para aprovechar toda ocasión para pegar unas pitadas largas y jugosas.  Cerraba los ojos con la cabeza como mirando el cielo cada vez que daba una pitada, como transportándose a otro mundo.  Creía que era un ser especial porque manejaba plata, y cobraba con cara larga quejándose de todo.  Si no traían cambio, si traían mucho, si la factura estaba arrugada, si no la traían, si sabían qué periodo querían pagar, si pagaban todo, si hacían pagos parciales, todo le venía mal siempre. Vivía sola, obviamente, o mejor dicho con una infinidad de gatos que seguramente dormirían y andarían por todas partes de su casa, no lo  pero puedo imaginarlo.  Siempre tenía su blazer con pelos de gato que me daban un rechazo terrible de solo imaginarla durmiendo con los gatos en la cama.  Se jactaba de ponerse el despertador 15 minutos antes para apagarlo y manotear el cenicero de la mesita de luz, prenderse el primer pucho del día y fumarlo acostada antes de encarar la rutina diaria. “Yo no arranco sino me fumo el primer cigarrillo en la cama” decía, como quien hace el mismo comentario de su café matutino. Qué asco.  La cooperativa era su vida junto con sus mascotas felinas. Ambos temas se los tomaba muy a pecho.  Almorzaba apurada en la mitad de la hora que teníamos, y cuando terminaba, pedía a la cocinera algunas sobras en una bolsita de supermercado y en la vereda le daba de comer a unos gatos callejeros que la esperaban todos los días como si supieran la hora exacta en que ella saldría a alimentarlos.  Salía, les daba un poquito de lo que fuera y luego les mostraba la bolsita con el resto y se hacía seguir por ellos todo el trayecto de una cuadra que separaba el comedor de la oficina como muestra de que eran su devoción y que los tenía dominados.  Estaban cagados de hambre, no eran boludos tampoco.  Si había que perseguir a Marlene un kilómetro lo habrían hecho también con tal de ganarse el almuerzo. Y entonces sí, se agachaba, abría la bolsita, se agrupaba toda la pandilla y ella se sentaba a prenderse un pucho en un banco de plaza blanco antes de entrar a trabajar y si alguno de nosotros pasaba, ¿nos decía “vieron? “señalando los gatos con un leve cabezazo, como enfatizando su proeza, orgullosa de sus bichos.  Todos los días la misma cantinela. Se creía la César Millán o la Cutini de esos gatos, quien sabe. 

Mirta G., quien empezó a hacerse llamar así muchos años después de trabajar en la cooperativa, era el Gerente Comercial.  Originalmente usaba su apellido de casada que era Mirta M., pero un día sin mediar explicaciones, cambió el cartelito de su escritorio, se hizo hacer tarjetas personales nuevas y pasó a ser de un viernes para un lunes su apellido de soltera. Pensamos que ese fin de semana se habría separado, pero evidentemente no, porque  a las 17.10 entró como cada tarde su marido, Carlitos un petiso de bigotes a lo Fontova, que trabajaba frente a la Cooperativa en Ford, en algún escritorio ocioso de no sé qué área.  Era una empleada muy fiel, muy eficiente por eso sería gerente en ese contexto, pero se tomaba todo muy personal y se la pasaba llorando cada vez que el hijo de puta de Gazzo -el vicepresidente del directorio- la miraba fuerte o la maltrataba, lo cual lo hacía todo el tiempo ya que como todo sorete se aprovechan de los que detectan más débiles.  Nunca vi un hijo de puta hacerse el vivo con otro más hijo de puta.  Mirta era más que blanca, era transparente, de ojos celestísimos, pelo carré rubio distorsionado, poco agraciada, pero buena mina con todas las certezas. La moda le pasaba por el costado, usaba el trajecito con mocasines. 

Graciela L. era la persona de confianza de mi familia.  De mi padre y por consiguiente de mi madre.  No diría que eran amigos, pero era con quien contaban para todo lo que necesitaran tanto mi papá como mi mamá, que en esa época por ser la esposa del presidente del directorio tenía atributos y beneficios de primera dama.   Graciela trabaja como todos en la cooperativa hacía siglos y como todos también no se iba a ir nunca a menos que la echaran o la jubilaran.  Nadie se iba de la cooperativa.  Calculo que no solo era porque los sueldos eran buenos sino porque las exigencias eran pocas.  Se respiraba un ambiente muy sedentario, típico de municipalidad.   

Graciela era soltera, pero a las claras estaba enamorada perdidamente del Gerente General Hugo Prego, aunque jamás lo reconoció ni lo iba a reconocer.  Se desvivía por él. Pero jamás se pasó un milímetro de la raya, jamás insinuaba nada.  Era tímida e introvertida y muy respetuosa.   

Ya cuando con mi hermano éramos adolescentes y no íbamos de vacaciones con mis padres, a Graciela le encomendaban la misión de que se instalara en nuestro hogar para que no tomáramos la casa y hubiera un adulto responsable con algo más de jerarquía que una empleada doméstica a quien no le hubiéramos dado ni bola.  Graciela la pasaba mejor que nosotros, le poníamos un poco de alegría o movimiento a su vida que era un poco aletargada.  Salíamos a comer pizza algún día de la semana, nos llevaba a la casa de sus padres algún otro y la madre de Graciela una tana con todas las letras nos amasaba las mejores pastas y nos mimaban como si fuésemos los nietos que Graciela no les había dado, íbamos al cine, alquilábamos películas en Blockbuster, le hacíamos bromas con doble sentido a las que no estaba acostumbrada y que luego del enrojecimiento inicial  de su cara se relajaba y le causaban exagerada gracia; y así se pasaban los días hasta que regresaban mis padres.  Yo, que me acababa de iniciar en la depilación con cera, ¿me sorprendí cuando un día fuimos juntas a depilarnos para matar la tarde y desde el gabinete de al lado escuché que la depiladora le preguntaba el habitual “qué te vas a hacer?” y ella respondió sin pausa: “pierna entera, cavado, axilas, brazos completos, bozo, cejas, glúteos y espalda”.  Me quedé paralizada imaginando cuantos pelos tenía debajo de ese trajecito que usaba habitualmente y entendí también porque el de ella era el único uniforme de mujer entre todas las mujeres de la cooperativa que era con pantalón en lugar de pollera.  Contrariamente fue la primera y única mujer en mi vida que vi que se estaba quedando pelada.  Se le veía la forma de la pelada de su cuero cabelludo por debajo de unos escasos pelos muy salpicados entre sí, y podías imaginarla calva. 

Hugo P., era el Gerente General.  Era amigo de mis padres, venía mucho a casa, y siempre estaba dentro de unos jeans celestes muy lavados, casi blancos y mocasines.  Gran tomador de whisky, flaco, joven y de nariz colorada.  Se casó con su novia de toda la vida, Susana, y a su primera hija le pusieron Gabriela por mí.  Con algunos intervalos, aún hoy mantienen contacto y cada tanto se ven con mis padres. 

Gazzo, oriundo de Junín, en algún momento fue Tesorero y en otro vicepresidente del directorio de la Cooperativa, pero además era un forro con todas las letras.  Nunca me cayó bien, aunque se esforzaba porque caernos en gracia a mí y a mi hermano por ser los hijos de Oscar, el presidente.  Le gustaba que la gente le tenga miedo y andaba siempre con cara de estar manejando y resolviendo los problemas más grandes de la humanidad y hablándole mal a todo el mundo sobre todo cuando tenía público donde hacerse ver, para mostrar su poder. Contador, cometero y garca. Típico nuevo rico que le gusta ostentar lo que tiene, autos vistosos, relojes grandes, comentar las vacaciones en voz alta, hablar de guita todo el tiempo, mirar desde arriba a todo el mundo, ese era él. Mujeriego o mejor dicho baboso encubierto.  No puedo asegurar que fuera mujeriego en realidad. Para un cumpleaños en casa, llegó una sobrina de mi mamá que siempre había tenido un culo llamativo, de esos que les fascinan a los repartidores de bebidas, y cuenta entre la familia que cuando esperaba el colectivo un tipo con un auto carísimo le había frenado en la parada y le había dicho algunas groserías que la habían incomodado frente al resto de los que estaban en la parada, además de insistirle alcanzarla. Rato más tarde llega Gazzo a casa y se le pone la cara notoriamente pálida de golpe ni bien la ve a María Luisa que pasaba por el medio del living con un triple de miga en la mano… era él quien la había acosado en la parada y se venían a encontrar en el mismo cumpleaños.  Opuesto a su estilo, estuvo en un rincón toda la noche calladito sin hacerse ver, para pasar desapercibido, no fuera cosa que mi prima lo mandara al frente adelante de todos. Un cagón. 

El Gordo Rivero era el más bonachón de todos. Hincha de Ferro. Secretario del directorio. Usaba unas chombas Lacoste gigantes porque tenía una panza fuera de serie, pero no flácida, de las firmes.  De las panzas que estuvieron ahí de toda la vida. Estaba jubilado ya y tenía una hija Dolores que no podía tener el nombre mejor puesto. Una consentida víctima de todo, siempre le dolía algo, o estaba sufriendo por algo.  Una nena grande de veinti tantos, que su papá un día se cansó de verla no hacer nada de su vida, porque no tenía cabeza para estudiar y la llevo a trabajar a la cooperativa de administrativa.  La inutilidad absoluta.  Hablaba con vos de pito, haciéndose la bebota, usaba permanente y se pintaba como una puerta.  Cuando yo tenía 19 ella tendría 25. La veías y podías adivinar que a futuro iba a ser depresiva. Lo tenía todo servido, y además tenía una madre inglesa, distante y alcohólica. Al poco tiempo que entró a trabajar la sedujo el negro More, un flaco alto de 1.90 que trabajaba en Sistemas y se creía mil porque era lo mejorcito de la cooperativa, y que además no era de la zona.  NO hace falta explicar lo de su apodo.  La invitó a salir, ella agarró viaje al instante y a la segunda salida quedó embarazada. Dos idiotas.  El negro que se la daba tan de piola y ella que era una idiota natural.  Al negro lo agarró Gazzo y Rivero juntos.  No sé qué tenía que ver Gazzo.  Rivero estaba destrozado con la noticia y asumiendo casi que se casaban le dijo que no hiciera sufrir a su hija.  Gazzo le dijo con un tono más mafioso y sin eses que si se mandaba una cagada de ahí en adelante lo cagaba a trompadas en persona aparte de que se quedaba sin laburo.  Imposible porque Gazzo era un cagón, pero el tono, la cara y su tamaño le daban para al menos hacer uso de la amenaza. Y el negro More que se creía el soltero más codiciado… No sé qué tipo de presiones ejercieron sobre el negro, pero se instaló en lo de los Rivero, le usaba el auto al padre de Dolores y Rivero de buenas a primeras andaba feliz con la idea de ser abuelo y ver a su hija encarrilada en algo.  Antes que naciera el bebé ya había rumores de rupturas inminentes, y ni bien nació, la pareja se diluyó, aunque al negro no se le ocurrió jamás hacerse el desentendido ni NO ocuparse de sus cosas.  

El plantel de personajes era infinito, Martínez el jefe de personal que se creía el CEO de Apple más o menos, y tenía el escritorio estratégicamente frente al reloj donde fichábamos y a la hora de ingreso se paraba al lado del reloj como un rottweiler, Omar, Orozco y Trapito, tres vagos que se ocupaban de las instalaciones y reparaciones y andaban en las camionetas de la flota como si fuesen propias y se la pasaban descansando a toda hora porque trabajaban en la calle y era imposible controlarlos en la estructura de la cooperativa Franco C. el gerente de sistemas y jefe del negro More, que sin duda era el que más onda tenía y llevaba y traía en su 128 Súper Europa al negro y otros dos más de Belgrano y repartían los gastos de la nafta.  Onda no es facha, ojo.  Las tres Elsas de Finanzas que se componían de Elsa la contadoraElsa de tesorería que pesaba 150 kilos de malhumor, y Elsa Visini que era una viejita a punto de jubilarse y la tenían de mula y ella era feliz de tan solo tener trabajo a esa edad y sentirse útil y nos trataba como una abuela. 

Yo me la pasaba tratando de demostrar que no estaba acomodada a pesar de ser la hija del presidente y llegaba antes y me iba después que todos.  No quería cargar con el mote de la hija de y quería demostrar que mi trabajo tenía valor propio, de cualquier manera, nunca pude con eso.   

Ahí era la hija de Oscar Grand o la hija del presidente.  Nunca pude ser Gabriela Grand. 

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