MI TIO EL PERSONAJE
Con la misma soltura y confianza excesiva que te abrazaba como si fuéramos íntimos -que no lo éramos- más allá del lazo familiar tan cercano, con la cara pegada a tu cara, casi al borde del beso en la boca, muy cerca para mi gusto para un tío y su ahijada que podría ser su hija, con esa misma patrón de comportamiento que te hacía sentir incómodo, te caía a un almuerzo y cuando bajaban todos abría la puerta de atrás y te bajaba los dos caniches.
Nunca entendí porque la gente, sobre todo los que viven en capital o en departamento, asumen que cuando van a una casa con jardín puede ir con sus mascotas así esos pobres animales ven un poco de verde.
No entra en mi cabeza ese pensamiento, como llegan hasta ahí, hasta esa instancia además sin consultarlo con los dueños de casa, o peor aún, consultándolo y poniéndote en un aprieto.
Él lo hacía sin consultar.
Esa manía de creer que los demás son responsables de resolver tus cosas. Tu perro no tiene jardín, traelo a casa.... NOOO si no tengo quizás no quiero ocuparme de las mascotas de los demás y si tengo no quiero cuidar de que interactúen se lleven bien y no se peleen con los propios. Punto.
Pero no quiero irme de tema.
Mi mamá, a quien no le demandaba ni le demanda esfuerzo ponerle los puntos a nadie, ni le genera incomodidad alguna, lo vio aparecer con los dos pichichos, correas en mano, lo esperó a la altura del patio de atrás frente a la cocina y sin más le canto sus 40 respecto a la situación.
Ellos –mi mamá y mi tío- no se gustaban en lo más mínimo. La diferencia era que mi mamá no perdía tiempo en disimulos y él era una versión de falso correcto que con ironía se escapaba del reclamo parcialmente aunque terminaba haciendo lo que mi mamá sugería. Los perros obviamente terminaron arriba del auto con las cuatro ventanas apenas bajas y un recipiente con agua en el piso del asiento trasero.
En mi casa los límites estaban bien marcados por mi madre y nadie se pasaba de esas rayas imaginarias.
Acto seguido, el tío Carlos entraba en escena con la seguridad de un actor de Hollywood pisando la alfombra roja y con la cámara de fotos siempre colgada al cuello saludaba a cada uno con afectuosos abrazos y frases empalagosas.
Cuando veíamos que en la ronda nos estaba por llegar el turno a mis hermanos y a mí, nos poníamos uno al lado del otro esperando lo inevitable y entonces él se acercaba a mí, su ahijada, estiraba sus brazos y me apoyaba una mano en cada hombro, me acercaba su cara y sus bigotes y me decía muy cerca "¿cómo anda mi ahijada favorita?".
Nunca supe si tenía más ahijadas aparte de mí, pero lo que si se es que no nos veíamos más que máximo media docena de veces al año en su mejor momento y eso no podía representar ser favorito de nadie. Yo con mis favoritos hablo a diario casi, nos escribimos, nos vemos, nos mandamos mensajes, un canción, una foto, estas tres últimos cosas que no había en aquel entonces, pero lo que quiero representar es que con mi gente favorita nos hacemos sentir cerca aunque estemos lejos.
Me daba incomodidad el saludo tan cerca, quería sacármelo de encima, daba un paso atrás con disimulo para que sus manos se soltaran de mis hombros y terminaba liberándome.
Le seguía el turno a mi hermano Martín, en un contexto menos pegajoso porque era un varón y luego lo agarraba a Diego que era poco más que un bebé y lo alzaba, lo revoleaba y lo atajaba como si fueran compinches eternos de juegos; le levantaba la remera, hacía ruido de pedos en la panza con su boca, y se la dejaba baboseada y mi hermanito quedaba pasado de revoluciones, cosa que le costaba poco porque siempre fue híper activo. "No lo excites, Carlos" le advertía mi mamá desde donde ni siquiera la teníamos a la vista pero desde donde lo mantenía entre ojos toda la velada.
Y él hacia un revoleo de ojos buscando cómplices, que nos los encontraba por cierto.
Mi mamá no era muy simpática, pero en esa batalla él se pasaba de pesado en el otro extremo y tampoco caía bien.
Siempre andaba metido en negocios millonarios de los que nunca nadie vio los resultados rentables que él auguraba con total convicción, porque a la vista andaba en autos venidos a menos, o con deudas permanentes, o con mangazos a mi abuela y a mi padre que poco tenían que ver con el perfil de lo que quería demostrar. Siempre hablando de sociedades y nombrando socios que no sabíamos si existían realmente, vendiendo humo en pocas palabras.
Un día para un cumpleaños, recuerdo que llovía a cántaros y cayó empapado porque no le andaban hace rato los limpiaparabrisas y vino desde su casa hasta la nuestra –contado de boca suya- todo el camino con la ventanilla baja y el brazo izquierdo afuera moviendo los limpiaparabrisas en forma manual, de otro planeta…
Ya adolescente, tendría 17 yo, me invitó a comer a su casa a mí ya mi novio, y allá fuimos medio por compromiso y medio porque no sabíamos cómo seguir postergando la invitación.
Él quería ser el tío copado, canchero y moderno, el progre de la familia.
Se la pasó tratando de sorprender a mi novio con sus historias, con sus proyectos de cómo iba a ser como padre cuando su hija fuera adolecente y tuviera novio, que le iba a hacer entrada independiente a la casa, que le iba a dar su propio juego de llaves, que le iba a comprar una cama matrimonial para que pudiera ir con su novio a dormir, blah blah blah.... Ni a nosotros que éramos adolecentes en ese momento nos parecía normal tanta libertad, era una falsa pose a mi criterio que ni siquiera le quedaba bien. Se le veían todos los hilos a esa marioneta.
Años más tarde su hija creció y todo eso que él en su momento planeaba, claramente no pasó ni cerca.
Comentarios
Publicar un comentario