ROMÁN PEREZ
Era mi tío abuelo materno, hermano de mi abuela Luisa, o sea tío de mi mamá en realidad; y para mi era un alcohólico, aunque nadie lo dijese a viva voz.
Eso no quiere decir que anduviera a los tumbos por la vida ni mucho menos, pero tenía hábitos de alguien que no puede largar la bebida y la incorpora como parte de su vida y ya. Jamás lo vi borracho, ni agresivo, ni subiendo el tono, ni nada. Pero también es cierto que lo conocí ya cansado, grande y nunca supe cómo habrían sido sus años de plena juventud. Nunca se había casado, nunca le conocí una novia ni una pareja.
Era un tipo silencioso, respetuoso, trabajador, de flaquísimos 60 kilos, anteojos culo de botella siempre sucios, eventualmente con las patillas reparadas con cinta aisladora, hasta que mi mamá los detectaba y se los lavaba o se los llevaba a arreglar a la óptica Negri en Pacheco. Mucho después tomé el hábito de lavárselos yo cuando los apoyaba sobre la mesa o directamente se los pedía porque me daba cuenta que por esos vidrios no había forma que viera algo. Simplemente ni le importaban estos detalles menores en su vida. Estaba más allá, no desde un punto de vista soberbio, sino desde el escalón que se paran aquellos que ya han vivido todo.
Partamos de la base que fue prisionero de guerra en Europa cuando tenía apenas 11 años y que del hambre que pasaba se alimentaba con las cáscaras de banana que descartaban los soldados, quiero decir que a partir de allí nada puede ser del todo relevante. A esa edad empezó a fumar y me contaba que siendo prisionero fumaban cualquier cosa que se pudiera dejar secar y luego meterse en un papelillo -como él le decía- y prenderlo. Modos de pasar sus horas supongo.
Era el mejor armador manual de puchos que vi en mi vida, andaba siempre con sus paquetes de tabaco en el bolsillo y los papelillos y armaba a mano, pero también tenía en su casa para cuando no andaba dando vueltas, una máquina con la cual armaba y se hacía de un pequeño stock que los metía en una latita sobre su mesa del cuarto. En otras épocas también fumaba cigarrillos comprados que iban desde los 43/70, Jockey, Derbi o cualquier otra marca similar, las cuales tengo asociadas directamente con marcas de albañiles. Fumaba uno atrás de otro, lo he visto incluso prender el siguiente antes que se le termine el que estaba terminando. Verlo en todos sus actos era una delicia. Irradiaba ternura. Fue la persona más buena que conocí en toda mi vida.
Cuando éramos chicos él vivía en el mismo terreno que mis abuelos sobre Ruta 9 en donde en la casa principal vivían mis abuelos junto con mi tío Luis (solterón y hermano de mi mamá). Hacia el fondo del terreno había un cuarto o galpón donde mi tío Luis que trabajaba en la construcción guardabas sus andamios, herramientas, maderas enormes llenas de cemento con los que hacía losas y plateas. Luego venía otro cuarto que lo recuerdo siempre helado de frío donde mi tío Román tenía su habitación donde dormía y apenas entraba su cama, una mesa de luz y un ropero, y pegado había otra puerta que era un baño. A continuación, seguía un jardín con el bombeador y su carcaza de zinc en el medio rodeado de malvones de colores rojos y rosados, más allá la huerta y el lugar donde estaban los conejos y conejitos de la india, y por último la carpintería de mi abuelo con una sierra enorme y bancos de carpintero, y para terminar un fondo con frutales que daba al alambre que los separaba de los vecinos del fondo. Los Campitelli.
Cuando mi abuela murió mis padres se llevaron primero a vivir a mi abuelo con ellos, pero al morir mi abuelo, mi tío Román tomó su lugar y se mudó a ese mismo cuarto en el fondo de la casa de mis padres que había utilizado mi abuelo. Ninguno de los dos, ni mi abuelo ni mi tío hubieran jamás aceptado vivir bajo el mismo exacto techo. El cuarto construido para uno y luego para el otro, estaba a continuación del garage de nuestra casa, donde años antes había habido tres boxes para caballos, pero al no tener ya los caballos, mis padres remodelaron ese espacio y lo convirtieron en un cuarto con baño privado, de gustos austeros, pero con una cama, mesa de luz, una mesita chica para apoyar cosas o comer donde cabía solo una persona, un televisor chiquito, un ropero, un baño en la habitación y una estufa a gas con la garrafa por detrás y pantalla al frente.
Mi tío se levantaba religiosamente temprano, alrededor de las 4.30 am. Desde un lugar u otro donde viviese, me refiero a que tanto cuando vivía con mis abuelos o luego cuando vivió en la casa de mis padres, lo primero que hacía era ir a la panadería de Di Camillo, “despertar al panadero” como decía él, aunque en realidad el panadero a esa hora casi siempre ya estaba despierto, pero de igual modo pasaba a verificarlo, luego iba al bar de Delia, su amiga, ella de estricto pelo blanco albino, bien corto, y ojazos celestes transparentes. Allí se tomaba su primera copita de Boussac –o la primera en público- en compañía de otros tomadores y borrachos de la zona habitués del lugar y se quedaba hasta la hora que habría la panadería oficialmente al público y entonces volvía por el pan para el día y luego regresaba a la casa a hacer las tareas que él mismo se encomendaba; ya fueran en la casa de mis abuelos o ya cuando vivía en Henry Ford con mis padres.
A las 9 de la mañana o antes ya había hecho todo esto, ya había regresado y tomado su desayuno que consistía en un tazón de leche con un chorro de coñac calentada en un hervidor chiquito de acero (aunque en la casa hubiese microondas) y pan ensopado, ya había fumado mil puchos y se dedicaba toda la mañana a cortar o el pasto, o el cerco, o hacía los canteros, o podaba los rosales que mi mamá se hacía mandar desde Rio Negro, juntaba las cacas de los perros del jardín, les manguereaba el canil y les hacía la comida en unas latas de dulce de batata Esnaola de 5 kilos que pedía en la quesería que le guarden y sobre ellas cocinaba unos guisos de arroz partido comprado a granel mezclado con verduras, chorizo para perros, más todas las sobras que guardaba sin permitir que nada fuera a la basura: huesos de churrascos o pollo, cascaras de lo que fuera, verduras, frutas, etc. Cuando el guiso estaba listo, se llevaba la lata al cuartito de las herramientas donde la dejaba enfriar hasta la tarde, horario en que servía el manjar a los perros repartido en partes iguales en otras latas idénticas pero que eran las que se usaban para darles de comer. La de cocinar era solo para cocinar.
Mis padres en esta nueva casa tenían 2000 metros de jardín y jardinero obviamente, pero mi tío se encargaba de que no duraran ni una sola jornada con distintos métodos. Cada vez que alguno empezaba, esa misma tarde se iba. Él, indignado de que alguien estuviera haciendo lo que él consideraba sus tareas, les estaba atrás desde que llegaban, o se ponía a rehacer los canteros cuando el jardinero había terminado frente a sus ojos, o simplemente cuando tocaban timbre cada jueves los despachaba para su casa diciéndoles que “los señores ya no lo van a necesitar”. Así hasta que mis padres se dieron por vencidos y dejaron de insistir con la perorata de que tenía que descansar y lo dejaron trabajar como un burro cada día como a él tanto le gustaba. No podía estar quieto.
Al mediodía almorzaba solo bien temprano y se sentaba en la mesa de la cocina de la casa de mis padres. 11.30 ya estaba con su plato y su botella de vino frente al televisor viendo el noticiero solo. En épocas que vivía con mis abuelos, la botella de vino era en realidad una caja de vino medio pelo, pero que a él no le representaba diferencia. No le gustaba esperar a que se hiciera la hora que todos almorzaban, para él era muy tarde. De ahí partía a su cuarto a dormir una siesta y para cuando se levantaba se iba caminando las 15 cuadras que lo separaban del bar de Delia donde volvía al encuentro de sus pares, un grupete de viejos borrachines que se instalaban ahí durante horas tomando bebidas fuertes, de poca monta, de botellas llenas de polvo o grasientas, anís, Boussac, licores tres plumas, en esa línea; o un vaso de cerveza atrás de otro en verano cuando el calor invitaba a bebidas más frescas.
Cuando empezaba a bajar el sol, apuraba el último sorbo de lo que tuviera entre manos, emprendía el regreso a su casa nuevamente a cenar temprano y liviano, y luego se encerraba en su cuarto a ver sus programas favoritos que podían ser depende la época: El zorro, Bonanza, Los tres chiflados, El chapulín colorado incluso, Starsky y Hutch, Chips, S.W.A.T. entre otros. Le encantaba mirar tele y creo que era su momento de tranquilidad para tomar sin público y ya no tener que salir a la vida frente a nadie. De ahí al sobre sin escalas.
En la casa de mis padres también había una huerta enorme, con un sistema de riego hecho con mangueras y abonada a diario con bosta de nuestros propios caballos, todo esto obra maestra de mi tío también. La quinta contenía todas las frutas y verduras que se comían en casa dependiendo de la estación el año. En casa mientras hubo huerta no se compraban ni verduras ni frutas. Nunca. Teníamos nuestros propios todo: limones, papas, zapallitos gigantes, ajíes, esponjas vegetales, frutillas, tomates, alambrados llenos de frambuesas que después mi mamá convertía en miles de frascos de dulces en conserva que acopiaba en su sótano, acelga, lechugas, rúcula, aromáticas todas, mandarinas, palta, batatas, zapallos y calabazas, sandías, melones; y en cada punta dos espantapájaros que hacían de soldados y cuidaban la huerta de las entrometidas calandrias y pájaros que intentaban picotear todo.
Cuando se fue poniendo viejo y se lo notaba ya más cansado, mis padres que en ese momento podían afrontarlo, luego de no sé cuántos años que hacía que no viajaba a su país natal, le ofrecieron comprarle un pasaje a España para que visitara a sus familiares. Se negó rotundamente de entrada fiel a su estilo, calculo que por la timidez de aceptar un regalo semejante para alguien tan sencillo como era mi tío, pero al cabo de un par de insistencias ya había aceptado y mis padres le confesaban que ya tenían su pasaje listo para que se fuera durante el invierno de Argentina y así no sufría el frío que tan poco le gustaba y en paralelo disfrutaba del mejor clima en el otro continente.
Allá fue con su pantalón de vestir, su camisa con rayitas finitas en los tonos del beige, su sweater que al llegar a España se sacaría y se pondría sobre los hombros, sus zapatos de cuero reservados solo para ocasiones especiales porque de lo contrario vivía calzado en sus zapatos de seguridad que le habían quedado de las épocas en que trabajaba en la papelera al jubilarse, sus lentes lavados, su cara afeitada, su valija de cuero marrón y su bolso de mano a cuadros; pero sobre todo con sus ojos llenos de alegría e ilusión al borde de las lágrimas de solo pensar en volver a ver a todos.
Quién sabe todo lo que pasaría por su cabeza, que habrá pensado todo el viaje, su gratitud con mis padres, aunque él no supiera que todos le estábamos agradecidos a él por todo y para siempre, sus miedos de no saber cómo hacer un solo trámite migratorio, de no haber viajado nunca en avión por su cuenta, quién sabe que habrá comido allá arriba, cómo habrá sabido como cerrar la puerta del baño del avión, cómo se habrá contenido de mostrarse emocionado al llegar y fundirse en un abrazo entre medio de la gente y en el medio del camino estorbando el paso de los que caminaban apurados en el aeropuerto de Barcelona, con los carros de la gente que le pasarían por el costado llenos de valijas y de urgencias por verse con quien fuese que los estuviese esperando. Quién pudiera haber estado allí para retratar todo eso. de imaginarlo y bajarlo a papel solamente se me anuda la garganta de recuerdos que no vi, que solo imagino e invento.
Se iba por un mes, pero casi sobre la fecha de regreso, viendo mis padres que estaba disfrutando tanto, le cambiaron el pasaje y se quedó dos meses más. Pasó un trimestre de acá para allá tironeado por sus familiares vivos, por los hijos, sobrinos y nietos de sus familiares que jamás había visto, se hizo querer por todos, no le alcanzaban los días para recorrer viejos y nuevos lugares, aquel pueblo donde se había criado, aquella casa, aquel lugar que hoy vendía las mejores tapas de la cuadra, comió tanta paella valenciana como pudo y los hizo llorar a todos cuando tuvo que regresar. Volvió lleno de anécdotas y con una pata de jamón ibérico bajo el brazo más la tabla con el gancho donde clavarla, ya que de ahí en más formaría parte de la mesa de nuestra cocina para fetear a cuchillo cada vez que uno quería de pasada para cualquier instancia. Antes de la merienda, después del desayuno, cuando íbamos a poner la mesa, cuando pasábamos para el patio. Comíamos jamón todo el año en forma decreciente producto de la saturación, hasta que llegó el siguiente invierno y mi tío volvió a viajar cada año hasta que su salud se lo permitió.
Fueron sus años más felices asumo sin saberlo. Solo de percibirlo antes de irse, con la valija lista sobre su mesa ya un mes antes de cada viaje, con 4 camisas y dos trapos locos, o cuando lo llamábamos para ver como lo estaba pasando, o cuando regresaba y en lugar de almorzar o cenar solo se acoplaba a nuestro horario para contarnos todo y cada detalle.
Murió a los ochenta y tantos, con el cuerpo flaco y cansado. Con sus manos de piel curtidísima, sus venas marcadas, y sus callos en las palmas. Sus uñas gruesas, sucias casi siempre. Manos de un trabajador.
Me perdí verlo morir porque para entonces yo vivía en Estados Unidos y un atentado había tirado abajo las torres gemelas y todos los que teníamos trámites de renovación de visas en curso nos vimos demorados más de la cuenta con trámites que habitualmente demoraban un mes o dos y ahora tomaban hasta un semestre. Podía salir, pero si salía no podía volver a entrar hasta tanto en el primer mundo pusieran en orden un Departamento de Migraciones entero y se reorganizaran los tiempos internamente; así que tomé la dolorosa decisión de no ser parte de su despedida, de no estar en el velorio, para cargar a cuestas con esta culpa que se diluye con los años.
M tío fue el gran protagonista en nuestra vida. Todos lo amaban. Fue parte de todo y de todos. Hizo junto a mi papá y mi tío Luis nuestra primera casa de Arévalo, a pulmón, con sus propias manos, como un albañil más de la camada de albañiles de mi otro tío. Puso cada ladrillo del techo abovedado.
Cuando yo tenía 3 años mi mamá se lo llevó con ella y conmigo a Portugal y España de viaje y tengo la imagen en mi cabeza de esa foto en el puerto de Lisboa, ambos agarrados de la mano, él con su gorro, mi mamá que aún lucia su vieja nariz y su cara angulosa y una juventud preciosa, yo con mi pelo por los hombros y mi tapado de pana firme entre los dos.
Hace muy poco le pedí a mis padres una caja de fotos viejas ensobradas por fecha y por viaje o por evento familiar prolijamente, y me aparté una pila de recuerdos en papel que me quedé conmigo. Cuando me detengo en las del tío Román me es inevitable hacer pausas más largas, porque de todas se desprenden mil recuerdos, mil historias, mil gracias por todo tío, porque te he querido como a nadie, me has llenado de enseñanzas sin darnos cuenta, pero sobre todo sin darte VOS cuenta, porque fuiste ENORME en contradicción con tu tamaño ínfimo. Perdón por no haber estado para despedirte.









Gaby qué hermoso relato sobre tu tío que parece haber sido una espectacular persona. Viajé por todos lados con tus descripciones y se me anudó la garganta desde que se sube al avión a Barcelona. Lloré todo el final. Felicidades!!! Me encantó!!!
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