ESTA SOY YO (VERSION RECORTADA)

Nací un 11 de marzo en San Isidro, de la combinación de una madre española nacida en Valencia y un padre entrerriano nacido en Paraná. Pisciana, pero sin la menor idea de dónde tengo mi ascendente. Soy escéptica, no creo en lo que mayormente no veo, lloro tanto como me río, no tengo vinculo con la religión más que de pasada.

No sabía que estudiar entonces me anoté en Traductorado de inglés en la UBA creyendo que como tenía un inglés fluido me acortaría el camino a tener un título.  Estudiar no me gustaba ni me gusta en la actualidad, pero como todos tengo facilidad para lo que me gusta y aposté a eso.   

Primera desilusión, traductorado de inglés es 50% la carrera de abogacía., o lo era entonces al menos ya que en aquella época solo se podía estudiar esta carrera en la UBA.  

Me cambié a Filosofía y Letras no sirviéndome casi ninguna materia del CBC de las que ya había cursado para la carrera anterior.  Me la pasé yendo a talleres literarios impulsada por mis profesores, me gustaba escribir, pero otra vez me equivoqué porque Letras no era ni estar leyendo ni escribiendo libritos todo el día y mucho menos estar en los talleres fumando con mis compañeros mientras disfrutaba de las libertades de estar en una facultad toda la mañana, viajar sola, y trabajar toda la tarde, tener mi plata, gastarla en lo que quería y no rendir tantas  cuentas de mis horarios porque “ya era grande”, o eso creía. 

Dejé la facultad, desilusioné a mis padres de manera contundente, y en su lugar decidí que quería estudiar teatro, ir a talleres literarios de lleno y estudiar fotografía en Bellas Artes.  Lo hice todo tal como me lo había propuesto. Seguía trabajando, jugué a ser modelo en algunas publicidades, me compré un auto con un préstamo que mi papá me hizo pedir en el banco para que aprendiera a cuidar mi plata y responsabilizarme de mis finanzas, lo cual lo agradezco hasta la fecha, porque si en algo soy aplicada es con la plata y mis números. 

Con el tiempo retomé estudios oficiales a pedido de un buen trabajo que tenía y que me pagaba porque terminara los mismos. 

Tuve algunos novios pasajeros, atormenté a mis padres con mis actos de rebeldía, les mentí sin parar, hice cosas que si hoy las hicieran mis hijos me aterrarían y todo esto sin ánimos de hacer apología de lo indebido.  Era una nena casi bien, metida en lugares y situaciones peligrosas. No tuve coraje para la promiscuidad, por suerte, como para tantas otras cosas, pero me mandé sin pensar a hacerme la Guevarita de manera inconsciente.  

Fumé para ser parte, y tomé sin que me gustara para no ser menos.   

Crecí y amé cada uno de mis trabajos por todo lo que enriquecí mi vida sin pensarlo con los mundos que se me abrían.    

Me fui de la casa de mis padres por la puerta de atrás como una cobarde, como todos mis grandes actos que yo creía opuestamente heroicos.  Hice mi mudanza mientras ellos estaban de vacaciones.  Una chiquilinada de mi parte y un dolor innecesario para ellos, pero así manejaba las cosas por aquel entonces.  Y así también en el mismo tren de actos infantiles me rapé la cabeza y me teñí el pelo de blanco cuando terminé la secundaria aprovechando que mis padres estaban en la costa y me evité enfrentarlos hasta que el hecho estaba consumado. 

A los 20 y monedas vivía sola y me mantenía por mis propios medios, pero mis padres me habían cortado todo contacto, furiosos con mi falsa emancipación a sus espaldas.  Vivía literalmente en un lugar horrible, en la parte de atrás de un locutorio que tenía y con el que me armaba para años después a los 27 años tener mi casa propia.  No entré en razón, no pedí disculpas, y estuve sin hablarme con mis padres por dos años y monedas hasta que oficialmente se enteraron que me iba a vivir con mi novio y ellos dejaron toda diferencia de lado y me ofrecieron un departamento que tenían en Belgrano R para que fuéramos a vivir ahí por una suma módica y pudiéramos ahorrar y comprar un terreno.   

Como el tango y como los Beatles, los padres te esperan siempre.  

La paciencia de los padres es infinita y el amor de ellos hacia los hijos es incondicional como ninguno.   

Ningún hijo por más buen hijo que sea NUNCA JAMÁS les llegará a los talones a sus padres ni en actos de amorni en dedicación, ni en tolerancia, ni en nada. Qué injusticia irremediable. 

Pero para eso luego nos convertimos en padres y vivimos lo que hicimos vivir y las cuentas se saldan. 

Me casé, tuve dos hijos, me fui a vivir afuera, volví con tres, tuve leucemia, me curé, me separé en los peores términos, y mis padres estuvieron ahí siempre primeros en la fila del te-banco-en-todo. 

Viajaron a verme cuando no podían darse el lujo de y aun así se endeudaron varias veces por verme a mí y a sus nietos. Fuimos felices en cada reencuentro, cocinábamos, llevábamos a mis hijos a Disney, disfrutaban de mis trabajos de alta gama con la Familia Trump, tanto como del trabajo duro de cuando fui dueña de mi propio restaurante y me hacían el aguante con mis días largos, mis idas al mayorista en mi único día libre, mis navidades trabajando para otros y esperándome para brindar 5 minutos antes de las 12 que llegaba corriendo a casa con la lengua afuera. 

En medio de una crisis matrimonial más, que arrastrábamos hacía años y la escondíamos bajo la alfombra junto con un desamor que no podíamos seguir escondiendo, quedé embarazada de mi hija sin planearlo y fue a ellos a quien les pedí consejo acerca de qué hacer al respecto y me dijeron sin más: lo que hagas estamos con vos. Tuve a mi hija porque realmente era lo que más quería en el mundo en ese momento a pesar de que sabía que mi matrimonio ya no iba a durar mucho más y la iba a criar prácticamente sola, pero con la tranquilidad de que acá en mi país mis padres estaban conmigo a la distancia, cerca desde lejos. Me curé de milagro, aunque no creo en los milagros y es ingrato decirlo.  Volví a mi país, empecé de cero, me separé finalmente y pasé las peores soledades y momentos de culpa que uno puede imaginar estando sola con tres hijos de 6, 4 y 2 años, pero nunca me arrepentí de haber sido fiel a lo que sentía.  Tenía la tranquilidad que brinda la certeza. Solo extrañé la foto familiar, que por cierto me hizo falta muchos años.  Hoy ya con hijos grandes pasa más desapercibido el tema. 

Me traté de reinventar como mujer, hice a destiempo cosas que no había hecho antes, viví todo lo que quise, abrí mi mundo, sufrí e hice sufrir, tuve amores y tuve aventuras, fui a terapia a entender, corregir y perdonar lo que pudiera, y a tratar de volver a casa sin culpas por lo que no podía modificar.  Cometí mil errores, los sigo cometiendo, pero trato de que sean otros, no los de siempre al menos. 

Tengo tres hijos adolescentes casi adultos, que son la verdadera gran hazaña de mi vida. La maternidad me atraviesa por todas partes y en todo momento y se me acaba el mundo cuando estamos de malas con mis hijos con la misma velocidad que me siento invencible cuando me siento querida por ellos. A veces siento que no son felices o dudo acerca de si nos reímos todo lo que podríamos. Pero se que nos amamos, nos gritamos, nos amigamos, y volvemos a dar cartas. Nunca me sentí una madraza, porque tengo asociado el término con las madres que tienen mucho tiempo sus hijos a upa, o que son dulces al hablar como yo no lo soy, o que son más comprensivas y menos prejuiciosas y estrictas, pero igual posiblemente lo sea, pero de cualquier forma no puedo ni imaginar lo que sería de mí sin ellos.  Amo mis espacios sola, mi libertad de los días que o están en casa y no es que no respiro si no están, pero necesito confirmarlos cerca mío así estén a miles de kilómetros. 

Tengo una vida simple, llena de libros y con tiempo para leerlos; y a mitad de camino siento tener todo lo que necesito para ser feliz, aunque a veces sienta que no lo soy, pero con la sabiduría del valor por las cosas, y la madurez no urgente de saber que nada es imprescindible y que tengo a mano todo lo que necesito para sentirme completa solo si yo lo quiero. 



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