DON RODRÍGUEZ

Allá en la casa de la calle Arévalo, estaban nuestros vecinos Susana y Juan Carlos, que vivían ellos en una casa con sus tres hijos y en otra casita en el mismo terreno los padres de Susana: don y doña Rodríguez como los llamaba todo el mundo.  Dos viejitos minúsculos, bajitos, silenciosos. 

Pero cada tanto se rompía el silencio con el sonido de una ambulancia que llegaba en respuesta a un llamado de pedido de ayuda. 

Detrás de la vida silenciosa de don Rodríguez, había un mundo triste y oscuro que los demás que no éramos de la familia desconocíamos, pero que dejaba entrever lo ineludible.  Y esas ambulancias cada tanto, que tampoco recuerdo cada cuanto eran esos cada tanto, significaban que se había querido ir de este mundo nuevamente, intentando irse por un atajo antes de tiempo, empinándose otra vez un frasco de pastillas para dormir, o poniendo más gotas que las de la cuenta en ese vaso de agua. 

Su mirada fija y vidriosa. Sus ojos, que al mirarlos podías adivinar sus pastillas tomadas a horarios dictados, para mantenerlo con ánimo cada mañana, y otra por la noche para que pueda dormir. El sube y baja de los depresivos, una para subir, otra para bajar terminada la jornada. 


Hoy sé que tenía el aspecto idéntico y característico de aquellos que toman antidepresivos tricíclicos, de los que tienen trastornos con su estado de ánimo y necesitan ayuda externa para mantenerse en pie en esta vida donde ya no quieren estar. 

La mirada neutra que irradian los sentimientos contenidos, la mirada más allá, un poco más lejos que los demás.  Con su mundo en pausa, andando lento, como si arrastraran los pies.  la mirada perdida, las ilusiones también... 


Cada tanto tenía épocas mejores, donde se lo veía sentado en la vereda en su banquito, al lado de su mujer muy juntos, como si ella le vigilara que no se le escapara el buen ánimo sin avisar.  O le daba por hacer las compras con su bolsa plástica tejida en mano, su pantalón pinzado y gastado, su cinturón en el último agujero, plisando la tela de la cintura más de la cuenta porque estaba cada vez más flaco. O mirando simplemente jugar a los más chicos en la vereda y en la calle como hacíamos entonces. 


Yo cruzaba a veces a jugar con sus nietos y si don Rodríguez andaba de buenas se acercaba, nos ofrecía una taza de leche caliente con pan ensopado, un manjar al que le ponía su mejor versión, y por el cual hacia el esfuerzo de levantarse de esas siestas eternas y pesadas al escucharnos dando vueltas. 

Por nosotros salía a comprarnos galletas marineras a la panadería incluso, o se acercaba y si nos veía arreglando nuestros triciclos o bicicletas nos ofrecía su caja de herramientas obsoleta y abandonada de chapa que adentro tenía apenas dos destornilladores y alguna que otra herramienta inservible. 

No lo sabíamos, pero su muerte se acercaba cada tanto muy cerca y era irremediable.   


Nos mudamos, les perdí el rastro a mis amigos porque ya no me quedaban en la vereda de enfrente y no supe quien ganó finalmente la carrera a la muerte y quien se fue primero, si él o su esposa.  Calculo que él, que había insistido con eso tantas veces.   

Estaba atrapado por la tristeza, y a esa edad cuando ya hiciste todo calculo que la voluntad se hace flaca y débil para dar batallas.    


Me pregunto cada vez que veo a alguien que padece de depresión que es lo les dispara el deseo de morirse, que es lo que les quita de un día para otro las ganas de estar acá, de vivir y ver crecer a sus hijos, o sus nietos.   Y muchas veces no hay rastros o hechos claros.  No siempre hay una historia familiar trágica, no siempre ocurrió una desgracia que lo arruinó todo, ni un padre que los abusó, ni una madre que tomaba, ni un trabajo perdido que los dejó en la ruina para siempre, ni un hijo adicto, ni nada de nada, o nada que no le pase al resto de los mortales.  A veces no hay nada de esto y sin embargo alguien es tocado por la depresión sin retorno, y la cama los arrastra, las sabanas se convierten en refugios, y el sueño en pausa. 


Tuve una amiga que pasó  -por suerte- solo unos años por las veredas de la depresión, y llegaba a visitarla y estaba en la cama, y eran la una y pico de la tarde y se suponía que yo iba a comer y que ella estaría esperándome con el almuerzo y yo llegaba y era como si le hubiera caído de improviso o mucho más temprano de lo que habíamos acordado la noche anterior, y la pileta de la cocina desbordaba de platos sucios, la mesa con migas, las camas siempre deshechas, y ella tenía los mismos ojos vidriosos que Don Rodríguez, la lengua pesada, las ganas de no hacer cosas, las cosas perdidas en alguna parte de la casa. Y no te alcanza la fuerza ni los planes ni las ideas para sacarla de ese estado y te sentís que no ayudas, porque no sabes cómo hacerlo. 

Nada los motiva. 


Ella me decía, desde un lugar muy lejos de la compasión, muy lejos de querer ser víctima, “preferiría tener algo concreto y tangible, que me digan que tengo hasta cáncer, pero algo que los demás lo entiendan” y yo me quedaba mirando sin saber que responderle. Y me remataba con un “preferiría que me duela algo todo el día, pero esta enfermedad no la entiende nadie y ando todo el día sintiéndome terriblemente sola”.  


Y ella sabía que no lo estaba, pero aun así cargaba con la culpa de pensarlo y sentirlo y de que los demás se ofendan porque lo sintiera.  Y era así, porque ella sabía que todos estaban pendientes y asustados con sus estados de ánimo, pero no alcanzaba.  




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