1999 MI TÍO LUIS
Era octubre. Ese domingo nos juntábamos en la casa de mis padres a almorzar y festejar el día de la madre, mención que yo estrenaba ya que ese era mi año debut como madre de Lucas. Llegue a la casa de mis padres con mi marido y mi único hijo en ese entonces y allí estaban mis padres y mi tío abuelo Román que vivía con ellos. Calculo que también estarían mis hermanos, pero no lo tengo presente.
Pero faltaba mi tío Luis para poder comenzar a almorzar, hermano de mi mamá, y que vivía a unas 20 cuadras y habitualmente venía caminando solo y a horario como corresponde a una persona mayor, por sobre todas las cosas.
Lo llamamos por teléfono, no atendía.
Lo esperamos, no llegaba.
Lo fuimos a buscar, pero en la casa extrañamente no estaba.
Comimos. Nunca vino. Termino el día, nos fuimos, y tampoco había dado señales.
Ya no recuerdo horarios, pero sé que mis padres volvieron a ir a su casa a buscarlo luego, y al día siguiente y al otro. Siempre que iban el portón estaba cruzado por la cadena y el candado habitual con lo cual asumían que “justo” no estaba. Creo que fue el martes que cuando fueron nuevamente ya preocupados se dieron cuenta que la cadena estaba cruzada pero el candado abierto. Y nerviosos entraron hasta la puerta de acceso a la casa que era por detrás y no al frente de la casa, y la puerta estaba con el manojo de llaves de mi tío puesto del lado de afuera sin llave, y me pongo nerviosa de recordarlo para contarlo. En su cuarto la cama desecha y su ropa del día al pie de la cama como él hacía cuando se iba a dormir.
O sea, mi tío parecía no haberse ido por sus propios medios. El jamás se hubiera ido en pijama, el jamás hubiera dejado la cama desecha, el jamás hubiera dejado las llaves puestas en la puerta, ni la cadena simulando un portón cerrado, ni mucho menos todo eso junto.
Tampoco parecía un robo porque a la vista no parecía faltar nada, ni había signos de violencia, pero mi tío faltaba por lo menos desde la noche del sábado anterior y no teníamos ni una pista de nada.
Denuncias, peritos, infinitas preguntas a los vecinos y conocidos y a quien fuera que pudiera haberlo visto. Nada.
Con el tiempo mis padres empezaron a revisar sus cosas en busca de alguna respuesta y encuentran un documento en el cual mi tío había vendido su tercio de la casa en la que vivía, a su vecino, el hijo de puta de Marquer, un productor de alimento para perros en forma de chorizo gigante de 50cm de largo x casi 10cm de espesor que en aquel entonces se vendían en los supermercados.
La casa en la que vivía mi tío era la ex casa de mis abuelos, y por lo tanto era la herencia de tanto mi tío, como mi mamá y su otra hermana. Hasta acá nunca nadie había hablado de vender esa casa.
Mis padres fueron a hablar con Marquer y de a poco fueron descubriendo y a Marquer se le fueron cayendo ciertas actitudes, que delataban que el habría tenido apuro por hacerse de su parte de la casa y habrían tenido algunas discusiones con mi tío.
Un día mis padres se encontraron con Marquer metido en la casa, otras veces haciendo reformas sin permiso, y así empezaron ya seguidillas de cosas raras, de denuncias, de peleas, hasta que un día mis padres para navidad reciben una tarjeta navideña con un muñeco de nieve despachada desde la estafeta postal de Maschwitz (donde residía Marquer) que como remitente decía “Luis Rodrigo” (mi tío) y como domicilio decía “El edén”.
El muñeco de nieve tenía unos alfileres y si bien no recuerdo la leyenda de la tarjeta recuerdo que supimos que Marquer había hecho desaparecer a mi tío, y sin ánimos de dramatizar la situación supimos también que eso habría ocurrido en su picadora de carne seguramente, sin dejar rastros, en un país en el cual los peritos se habían tomado semanas para venir a tomar huellas y en un país donde hace casi 20 años mi mamá lucha porque no le cierren la causa por falta de pruebas por vez número mil.
Pero faltaba mi tío Luis para poder comenzar a almorzar, hermano de mi mamá, y que vivía a unas 20 cuadras y habitualmente venía caminando solo y a horario como corresponde a una persona mayor, por sobre todas las cosas.
Lo llamamos por teléfono, no atendía.
Lo esperamos, no llegaba.
Lo fuimos a buscar, pero en la casa extrañamente no estaba.
Comimos. Nunca vino. Termino el día, nos fuimos, y tampoco había dado señales.
Ya no recuerdo horarios, pero sé que mis padres volvieron a ir a su casa a buscarlo luego, y al día siguiente y al otro. Siempre que iban el portón estaba cruzado por la cadena y el candado habitual con lo cual asumían que “justo” no estaba. Creo que fue el martes que cuando fueron nuevamente ya preocupados se dieron cuenta que la cadena estaba cruzada pero el candado abierto. Y nerviosos entraron hasta la puerta de acceso a la casa que era por detrás y no al frente de la casa, y la puerta estaba con el manojo de llaves de mi tío puesto del lado de afuera sin llave, y me pongo nerviosa de recordarlo para contarlo. En su cuarto la cama desecha y su ropa del día al pie de la cama como él hacía cuando se iba a dormir.
O sea, mi tío parecía no haberse ido por sus propios medios. El jamás se hubiera ido en pijama, el jamás hubiera dejado la cama desecha, el jamás hubiera dejado las llaves puestas en la puerta, ni la cadena simulando un portón cerrado, ni mucho menos todo eso junto.
Tampoco parecía un robo porque a la vista no parecía faltar nada, ni había signos de violencia, pero mi tío faltaba por lo menos desde la noche del sábado anterior y no teníamos ni una pista de nada.
Denuncias, peritos, infinitas preguntas a los vecinos y conocidos y a quien fuera que pudiera haberlo visto. Nada.
Con el tiempo mis padres empezaron a revisar sus cosas en busca de alguna respuesta y encuentran un documento en el cual mi tío había vendido su tercio de la casa en la que vivía, a su vecino, el hijo de puta de Marquer, un productor de alimento para perros en forma de chorizo gigante de 50cm de largo x casi 10cm de espesor que en aquel entonces se vendían en los supermercados.
La casa en la que vivía mi tío era la ex casa de mis abuelos, y por lo tanto era la herencia de tanto mi tío, como mi mamá y su otra hermana. Hasta acá nunca nadie había hablado de vender esa casa.
Mis padres fueron a hablar con Marquer y de a poco fueron descubriendo y a Marquer se le fueron cayendo ciertas actitudes, que delataban que el habría tenido apuro por hacerse de su parte de la casa y habrían tenido algunas discusiones con mi tío.
Un día mis padres se encontraron con Marquer metido en la casa, otras veces haciendo reformas sin permiso, y así empezaron ya seguidillas de cosas raras, de denuncias, de peleas, hasta que un día mis padres para navidad reciben una tarjeta navideña con un muñeco de nieve despachada desde la estafeta postal de Maschwitz (donde residía Marquer) que como remitente decía “Luis Rodrigo” (mi tío) y como domicilio decía “El edén”.
El muñeco de nieve tenía unos alfileres y si bien no recuerdo la leyenda de la tarjeta recuerdo que supimos que Marquer había hecho desaparecer a mi tío, y sin ánimos de dramatizar la situación supimos también que eso habría ocurrido en su picadora de carne seguramente, sin dejar rastros, en un país en el cual los peritos se habían tomado semanas para venir a tomar huellas y en un país donde hace casi 20 años mi mamá lucha porque no le cierren la causa por falta de pruebas por vez número mil.









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