A LA SOMBRA DE VANESA
Vanesa fue mi gran amiga en la primaria, y no sabría hoy decir si lo fue tanto por nosotras mismas, por nuestro envión propio, sino quizás también ayudado porque nuestras madres y luego nuestros padres se hicieron amigos y eso reforzó y selló la idea de nuestra amistad.
No teníamos nada en común, por cierto. Pero en definitiva, de chicos la amistad es menos compleja, más pura también. La cuenta es mucho más fácil: jugamos o no jugamos y punto.
Ella altísima, morocha de labios gruesos y pelo perfectamente peinado hasta las 5 de la tarde que salíamos del colegio. Uniforme reglamentario, medias bien subidas, del equipo oficial de talentosas que abrían los actos de gimnasia con coreografías deportivas o los actos patrios tocando la guitarra. Tenía tetas cuando nadie tenía tetas, solo las gordas. Usaba corpiño en primaria, mientras que yo recién pude saborear el deleite de ir a una mercería a comprar un corpiño a los 15 años en mitad del secundario. Mil años después, ya ni si quiera la veía para poder mostrárselo y enrostrarle que me había puesto al día en eso al menos.
Buenas notas en TODAS las materias. No solo en las que le gustaban, lo cual es fácil. ¡En todas! Y buenas notas en Vanesa eran nueve y diez, no escuálidos sietes que llegaban con la lengua afuera.
Pretendientes. Un tema aparte. Todos gustaban de ella y a ella no se le despeinaba un pelo. Tenía la actitud de corrección de quien naturalmente cree que no está para eso en este momento. NO la inquietaba si gustaban o no de ella, si era uno o diez los que morían por su amor, simplemente hacía como que el tema no existía para ella.
Las maestras la amaban porque no daba trabajo, ayudaba en clase, terminaba antes y se sentaba en el primer banco sin excepción y no generaba conflicto alguno.
Iba a la iglesia desde siempre. Comunión, misa, confirmación supongo después cuando ya no éramos compañeras, y obviamente parte activa y destacada en el coro de la Iglesia Santa Rita de Boulogne.
Y no solo que hacía todo bien, sino que también en parte que yo no lo hiciera nos dejaba a ambas más polarizadas aun resaltando sus virtudes o acentuando mis defectos. Ella ocupaba tanto espacio, aprovechaba la vida en algún punto y yo la odiaba en silencio al mismo tiempo que la admiraba y la quería y no podía despegarme de ella. Odiaba sus éxitos en realidad, con certeza no era a ella.
Recuerdo una vez que fuimos a la pileta a su casa con mi mamá y mi hermano, como un plan familiar, a pasar la tarde y yo como tenía pelos en las piernas y me daba vergüenza, pero mi mamá no consideraba que tenía edad para depilarme, decidí afeitarme no solo piernas sino brazos. Fui por todo.
Nos sentamos en el parque, las madres trajeron los Nesquik y las galletitas y cuando estiré el brazo para agarrar un habanito de chocolate, rocé con mi brazo pinchudo a su mamá que era una alarmista y automáticamente gritó frente a todos “¿vos te afeitaste Mata Hari?”.
Yo no entendí lo de Mata Hari, no sabía quién era Mata Hari, ni si era un nombre o un adjetivo, pero todos me clavaron la mirada, mi mamá me agarro el brazo y confirmó los hechos pasando su mano a contrapelo a modo de prueba y me pulverizó con un “qué te hiciste” que me garantizaba una cagada a pedos como mínimo al llegar a casa, aparte de la previa en humillaciones que me comí en ese mismo momento frente a mi hermano, el hermano de Vanesa (varones!), la madre y Vanesa misma.
Lo negué, pero era innegable.
Yo que hasta 24/48 horas antes tenía las piernas peludas, aunque las escondía bajo rigurosas medias de nylon durante las 4 estaciones, de repente era lampiña. Claro que era increíble, pero no supe qué decir ni cómo defenderme. Cuánta exposición de golpe. Todos los flashes me apuntaron a mí esa tarde.
Cada vez que yo hacía algo mal mi mamá me marcaba lo que Vanesa hacía bien.
Terminamos la primaria y dejamos de vernos con tanta continuidad, pero gracias a la amistad de nuestras madres, a pesar que ella vivía en San Isidro y yo en Pacheco, ellas siguieron generando encuentros y estiramos nuestra amistad todo lo que pudimos.
Vanesa fue al St. Trinnean's School, yo a un colegio de Pacheco.
Yo seguía usando los uniformes alternativos fiel a los mandatos y los planes de austeridad estética de mi madre.
Vanesa tuvo un novio ejemplar a su medida, yo tuve mis candidatos que no reunían los requisitos esperables para mis padres nunca calculo.
Cada una tomó su camino y nos fue más difícil compatibilizar nuestros gustos y actividades -ya no estaban tan en boga los de nuestras madres - y cada una hizo su vida.
Ella se casó con su novio de toda la vida, y yo tardaba en encontrar la fórmula del amor. Ella soñaba con tener 4 hijos, yo quería sacar fotos y ser reportera gráfica en aquel entonces.
Un día después de un largo intervalo nuestras madres se juntaron y propusieron un encuentro de madres e hijas y allí fuimos.
Yo llegué con mi primer hijo, ella acababa de recibir su primera hija en adopción y me impresionó que había aprendido las técnicas pertinentes y la amamantaba como si fuese su hija biológica.









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