MI PADRE
No sé bien en qué momento mutó la realidad, pero yo tenía la visión idealizada de mi padre y lo recordaba de una manera que difiere de la realidad actual y me deja un perfil distorsionado de su persona y una pila llena de dudas.
En mi infancia mi papá era Gerente de Ford, con un rango que no debía ser poca cosa, por la vida que llevábamos. Dos autos, viajes, buen colegio, salidas, danza, francés, empleada con cama, compras en Harrod´s, paseos por la city porteña y comidas afuera todas las semanas de manera rigurosa, entre otras cosas. Luego se acopló a un retiro voluntario en donde junto con sus portarretratos familiares de la oficina se llevó una suculenta indemnización que nos permitió de arranque festejar yéndonos un mes de viaje por varios países de Europa, Egipto, Jerusalén, las pirámides, Marrakech, etc.
Volvimos y mi papá se dedicó de lleno a un emprendimiento en sistemas de nombre OA Sistemas que ya venía armando y dándole forma previa a irse de Ford, montó sus oficinas, varios empleados y seguimos disfrutando de la productividad de su empresa, mientras que en paralelo lo elegían presidente de una empresa en Telecomunicaciones llamada Cotelcam. Tuvimos barco, tuvimos caballos en casa, fuimos a equitación con Chunchuna Villafañe madre y abuela y con su nieta Juana Molina, esquiábamos todos los inviernos, y hacíamos compras todos los veranos. El balance claramente daba positivo en los libros.
Siempre de traje, o al menos siempre bien vestido con su 1.93 de estatura, buen porte, piel bronceada de hacer mucho deporte al aire libre, deportista también ya que estamos describiéndolo, culto como hasta hoy, un curioso nato, con el agregado de una memoria envidiable que lo hace contar con conocimientos y anécdotas de todo tipo más una cultura general de puntaje alto.
Nacido en Paraná, Entre Ríos, el 22 de Julio de 1945, Oscar Alfredo como se llama en forma completa, pasó su infancia instalado en una clase media acomodada, sin hambre, pero sin riquezas. Con un hermano, mi padrino, llamado Carlos Alberto, una madre obesa y un padre altísimo que poco se relacionaban entre sí y que vivían en mis recuerdos en un departamento de la actual Cañitas cerca del Hipódromo de Palermo en cuartos separados.
Repartieron su infancia entre las provincias de Entre Ríos y Córdoba. No sé si Córdoba vino antes o después, pero también sé que mi padre hizo el secundario en el renombrado Carlos Pellegrini, con buenos promedios de los que jactarse. Luego estudió Administración de Empresas e Ingeniería en Sistemas y de ahí en más se convirtió en el empleado y empresario exitoso del que empecé a hablarles al inicio de este relato, que fue con quien me topé cuando tuve uso de razón y registro de mi selectiva memoria.
Después de OA Sistemas, vino Telco SA una empresa en telecomunicaciones con socios en USA que mientras la devaluación de aquellas épocas paralizaba Argentina a mi viejo lo hacían crecer porque cobraba sus ganancias en dólares que en nuestro país rendían a doble dígito.
Un día se terminó su gestión presidencial en Cotelcam, luego se estabilizó Argentina entonces calculo que ya los ingresos de Telco no rendían como estaban acostumbrados, sumado a que en mi casa no se recortó el nivel de gastos. Para entonces yo ya no vivía con ellos. Se fueron metiendo en el mundo del déficit que los llevó a las deudas con mil tarjetas de crédito, pagos mínimos, estadías en el Veraz, hipotecas, malestares, peleas, y una caída en picada de la que yo me notifiqué recién cuando la situación fue extremadamente notoria.
Mi viejo ya no iba a trabajar a ninguna empresa, siguió hablando de Telco hasta hace poco como si fuese una multinacional activa a la fecha, vivía de rentas que les quedaban, achicaron cuando era inminente y sobre todo tarde, pero finalmente se fueron acomodando a una nueva realidad a la que debían acostumbrarse.
El gobierno de Alfonsín los terminó de dejar culo para el norte, de una forma u otra con los años pagaron sus deudas, volvieron a contraer nuevas, vendieron algunas cosas, fueron mayoristas y distribuidores de tarjetas celulares en la época de oro de las mismas, pusieron un kiosco, lo vendieron después y aún con todo lograron no perder su casa y se reinventaron como pareja cuando ya para entonces tenían el nido vacío.
Mi mamá, que hasta acá y que desde que yo nací pudo quedarse sin trabajar en su casa y disfrutar de la buena vida que proveía mi padre, de repente se encargó de desmerecerlo y hacerlo sentir poca cosa por el simple hecho de que estaba en su casa todo el día.
Seguramente la transición de estar sola en tu casa todo el día con un marido que trabaja afuera a pasar a convivir 24 horas no sea fácil para nadie, pero algo no me cerraba. Si era un boludo lo habría sido siempre y si no, no lo era. Pero me parecía injusta la cuenta rápida que se me venía a la cabeza. Parecía que como ya no era el macho proveedor se había convertido en un inútil. Sinsabores de la vida conyugal.
Si es cierto que la estancia en la casa los dos juntos, la desocupación, el paso del traje importado o de sastre a medida al jogging de marca alternativa (y en cuero abajo como lo usa mi papá), son todas situaciones que posiblemente hayan desestabilizado el erotismo de esta pareja, pero opinando y viéndolo humildemente de afuera me atrevo a decir que tampoco mi madre ha hecho grandes méritos o aportes en la materia: están muy polarizados físicamente uno del otro, mi mamá jamás hizo ningún deporte en su vida entera, y para rematar mi vieja tiene un carácter dificilísimo con tintes de un humor ácido y negro difícil de manejar si no sabes con quien estás tratando. Sumado a una cara de orto casi permanente. Ya no tanto, pero, aun así, con un carácter poco permeable.
Lo cierto es que mi padre es una persona que siempre ocupó un montón de espacio, y así como lo ocupa para darte todas las manos que necesites, cuando no es el caso también lo ocupa y la situación se torna un tanto intensa. Habla verborrágicamente, come de la misma forma como si hubiera pasado hambre, se salpica con la comida, es atolondrado, llega tarde a todas partes siempre, sale arando con sus autos siempre venidos a menos porque anda a contra reloj, choca más seguido que la media y siempre tienen la culpa los otros, habla en las reuniones familiares o sociales como si fuese el único que tiene algo para decir sin registrar al resto, se mete contramano, dobla en U, estaciona en doble fila si es necesario, transgrede todo, saca fotos en donde no se puede sacar fotos, se para dónde hay que estar sentado, no tiene noción de los que son las prioridades y le da el mismo trato de inmediatez o no inmediatez a frenar a comprar algo en cualquier lugar y quedarse hablando dos horas con alguien o haciéndole un truco de magia a quien sea, aunque tenga una cita en tribunales o esté yendo a hacerse una cirugía. No mide este tipo de cosas que para los demás son obvias. Pero es difícil marcarle cualquiera de estas cosas, porque es la persona más generosa que conozco, dispuesta a hacer todo por el otro siempre. Y eso lo vale TODO. Remarco: TODO!.
Mi vieja se saca de las casillas con la impuntualidad de él porque es la que la padece a diario 24x7. A mí me genera entre bronca y lástima tener que decírselo, pero cada tanto me arrastra en sus deslices que amerita un llamado de atención y un seteo general de puntos sobre las íes para encarrilarlo hasta el próximo derrape.
Históricamente desde que soy un adulto, soy la cómplice o más bien la oreja que los escucha a mis padres cuando ya no se aguantan, y mi mamá aprovecha sus momentos sola para llamarme y contarme “que tu papá esto y tu papá el otro” y en paralelo mi viejo hace lo mismo con “tu mamá no sé cuánto y tu mamá tal otra cosa”.
Así y todo, religiosamente desde que era muy chiquita los recuerdo yendo cada viernes o cada sábado al cine o al teatro y luego a comer, lo cual me parece admirable. Incluso aun estando peleados van juntos y cada uno entra a ver una película diferente a una sala de cine distinta, pero en el mismo complejo, lo cual es gracioso y fuera de serie.
Hoy a los cuarenta y largos años que tengo, siendo madre, habiendo tenido en algún momento un marido, mujer, ama de casa part- time y en contra de todas mis máximas y mis radicales sentencias de hace unos años atrás; hoy entiendo a mi madre, me siento más identificada con la sensatez de sus formas, más simples, pero más claras, menos pretensiosas y más precisas.
Mis viejos son una combinación impensada, pero están juntos hace 50 años, con sus idas y sus vueltas, con sus peleas, las explosivas de cuando éramos chicos pero también las silenciosas de la actualidad sin gritos ni portazos, y siguen caminando juntos esta vida común, se acompañan a sus médicos, juegan burako varias veces por semana, se critican, se exponen graciosamente frente a terceros, mi mamá lo reta, mi papá la ignora, se esperan para merendar, cada uno disfruta sus espacios y envejecen dejándome la incógnita de que será de ellos cuando ya no se tengan después de tantos años de estar acostumbrados a la compañía del otro.









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