21 NOVIEMBRE 2022
Murió mi mamá. Hacia 6 dias que tenía 77 años. Me llamaron del centro de rehabilitación donde estaba internada ya en estado terminal poco antes de las 7 de la mañana para avisarme los detalles y aun en posicion horizontal porque todavia no me habia levantado, me despabilaron de golpe con la lista de trámites que había que hacer en las próximas horas que alguien me leyó sin pausas ni comas.
A eso había que sumar primero hacer el llamado difícil. Llamar a mi viejo.
Pocas cosas me resultan más incómodas que ver llorar a mi viejo.
No es pena, o un poco si, pero mayormente me choca verlo en esa situación de desamparo que no sé cómo resolver.
Es verlo desarmarse y por una vez no quiero también en este vínculo ser el sostén de nada.
Del otro lado su llanto fue un alarido desgarrador, para mi gusto con mucho tinte a novela, seguido de un silencio lleno de sollozos y mocos, y sin pensarlo ni planearlo me puse al mando de lo que sería la ejecución de la partida de mi mamá en mi versión más pragmática, que me resultaba incluso más fácil que lidiar con un padre en ese estado.
Mi papá se entregó a la autoridad de las mujeres, yo en este caso, como lo hizo toda su vida básicamente.
Y en paralelo se paso los siguientes tres meses en forma muy activa a añorar incluso cosas que no habían existido entre él y mi mamá. O que de afuera no se veían por lo menos.
Un trimestre cargado de nostalgias desconocidas por todos, anécdotas que la ponían a mi mamá en el papel de una persona cariñosa que jamás había sido, una historia de amor que sólo existía en ese presente deshecho de aquel pasado perdido.
De repente los déficits de pareja que siempre habían tenido parecían estar saldados.
No sé por qué me agarraba esas calenturas con él con esos lamentos porque a mi no me afectaban en nada más que en verlo degradado, así que optaba por hacer silencios que se confundían con pausas casi eruditas, no opinaba y no lo contenía tampoco del todo, y todo eso lo combinaba con altos niveles de caras de orto difíciles de disimular que significaban: "de qué carajo estas hablando viejo?, esa no era mamá... podes dejar de dar lastima quería pedirle... querete un poco"
Se que fuera de contexto suena medio a hija de puta. Pero la terapia te ayuda a sobrellevar incluso los peores preconceptos.
La ceremonia de despedida que negociamos evitando un velorio, estuvo colmada de gente que se confesaron apurados para poder comulgar y volver a sus lugares a cerrar los ojos como si eso los posicionara en un lugar mejor. Un fraude para mi gusto.
Cuando las fiestas ya nos pisaban los talones, evento que como pocos le mete el dedo en el orto a los que están sufriendo o perdieron a alguien, mi viejo vislumbraba una cena que poco tendría de festejo y se lamentaba de antemano teniendo como protagonista a la marca registrada que adquirió al convertirse en viudo de sufrir todo lo posible como si no mereciera nada bueno por haber sido el sobreviviente de la dupla. Después me pregunto a quien salí culposa.
Luego vendría la tarea de sacar las cosas de mi mamá de su casa, tarea que mi papá confesó no podría llevar a cabo, y quedó en mi listado.
En enero mi papá viajo al casamiento de uno de mis hermanos en Chile y aprovechando su ausencia arremetí con mucho más que lo de mi vieja y saqué más de media docena de volquetes del espectacular progreso de un deterioro que mi papá parecía no ver o que al menos no lo reconocía como un hecho, y a su regreso entre sus múltiples reacciones vi a una persona que no se vislumbraba en absoluto haber vivido en esa tapera que se derrumbaba con él adentro.
Claro que agradeció la limpieza, el orden y los arreglos hechos en la casa, aunque no tanto el vaciado que lo había dejado desnudo y expuesto de sus manías de acumulador y juntador serial de cualquier poronga que se le cruza. Todo lo guarda. Frascos, diarios, cajas, tapitas, bolsas, hilos, alambres, electrodomésticos que desarma y que nunca va a arreglar, pilas, botellas, maderas, un tender roto y oxidado, una barrera de tren, computadoras y monitores de cuando en el 80 tenía su empresa de sistemas, talonarios de facturas en blanco de una empresa que caducó en la época de Alfonsín (40 años de democracia llevamos, para que se entienda que es de procesos largos), estufas sin su velas, etc etc etc... imposible recrearlo en un párrafo, bajándole el precio necesito 20 tomos para describir la magnitud de ese cúmulo de cosas inservibles.
Y como yo no tengo un estilo definido para guardar cosas y mucho menos para clasificar boludeces que no se usan, lo tiré todo.
Para los interesados en economías emergentes visualicen que mis padres tuvieron largas décadas doradas donde lo único que queda hoy de ese patrimonio post debacle es la casa de la que les hablo de 300 metros cuadrados de superficie más 1000 de terreno luego de haberlos convencido de vender otro tanto, todo apto todo sin excepción para acumular. Hagan cuentas, pero igual no podrán visualizarlo.
Pero el, mi viejo, lo vio con sus propios ojos.
El agradecimiento inicial por las mejoras realizadas, devinieron en numerosos mensajes diarios de WhatsApp preguntando siempre por algo que no encontraba. "No viste la cafetera italiana?" (que no usaban hace 14 años posiblemente), o "no te acordas de haber visto unas pilas de audífonos?", o "por casualidad sabés donde guardaste esto o aquello?". Todas preguntas sobre ítems que no estaban en su vida cotidiana de los últimos 10 años por lo menos, pero de los que aparentemente el llevaba un minucioso stock mental al pedo.
Y entonces pasó lo inevitable. Me harté de sus mensajes y llamados entrevistándome a mi y poniéndome en el lugar de la terrorista de su pasado acerca del paradero de sus "bienes" y con poca diplomacia le destapé los ojos para que viera ese final que acechaba agazapado.
No había más "antes", es ahora y para adelante le dije.
En los días subsiguientes, que no nos hablamos, sufrió un pico de desilusión paternal del que salió por sus propios medios al tomar la iniciativa de llamarme y volvimos a ser los mismos de antes sin rencores, pero previo le juré sobre un número de una revista Orsai que ya no iba a seguir ayudándolo en nada que tuviera que ver con su casa en pos de prevalecer nuestro vínculo.
"Esta te la trajiste de casa, no?"...me dijo haciendo referencia a la revista....









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