MI LADO PATERNO

Mis padres eran ambos de familias de trabajo, del lado de mi padre podría respetuosamente decirse con un poco más de vuelo que la familia de mi madre, pero no mucho más que eso. 
Mis abuelos paternos, argentinísimos, ambos con nombres imponentes, Napoleón Grand y Manuela Hernández, fueron quizás o al menos así los recuerdo, abuelos menos presentes con nosotros sus nietos, que mis abuelos maternos. 
No sé si por la distancia física ya que ellos vivían en la actual “Cañitas” y nosotros en Pacheco, al igual que mis abuelos maternos, pero teníamos con ellos menos contacto. Tal vez también ayudado por mi madre esto, que a los integrantes de la familia de mi padre a las claras no los digería del todo, sin disimulos. 

Napoleón para mí era un abuelo que trabajó en Aerolíneas -quizás trabajó un año, pero es el recuerdo que tengo- que tomaba, medía casi 2 delgados metros y coronaba su altura con una pelada lustrosa, bigote, sombrero algunas veces, siempre de traje, y una gran devoción por el juego y las mujeres.  
Mi abuela, Noly como la apodaban todos, lo cual me parecía un desperdicio con semejante nombre del que yo hubiera hecho uso en forma completa, era modista de alta costura, le cosía y por tanto se codeaba con gente de mucho nivel, era obesa, nieta o bisnieta de un cacique, hermosa, sufrida, y esposa de un infiel nato, en sus narices. Tenía con que ser sufrida visto a mis ojos actuales. Aunque creo que abusaba de ese mote, y en su lugar me hubiera gustado recordarla como alguien menos sumisa y más valiente para poner a su esposo en su lugar. Pero siempre es fácil hablar y opinar de los otros. No viene al caso. 

Tardíamente, estos abuelos nos sorprendieron a sus casi 70 y tantos años con la noticia de que se separaban, a la edad que uno imagina que las parejas se quedan juntas para ir acomodándose a la idea de irse de este mundo. 
Y fue entonces cuando mi abuelo poco después, o al mismo tiempo, o no sé exactamente cuando, pero se enfermó, y se fue a vivir con su amante de nombre Argentina, para no ser menos que Manuela Hernández y ser parte del lado familiar con nombres importantes. 

El abuelo Poléon, como le decíamos, murió y mi padre y mi abuela padecieron a Titina -su amante- aún después de que mi abuelo ya no estaba.  Incluso algunos años después, la casa de mis padres fue embargada por esta amante irrespetuosa a partir de un pagaré falsificado en su cifra que mi abuelo le había firmado a su amada bajo no sé qué circunstancia. 

Mi abuela amagó con morirse muchísimos años, además de hablar monotemáticamente de remedios y enfermedades, hasta que murió finalmente en un geriátrico en capital, donde la visitábamos y mi papá puchereaba conteniendo su dolor cada vez que íbamos. 

En el medio pasó por un departamento interno frente a la estación Núñez que adquirió al separarse, en la calle O’Higgins entre Manuela Pedraza y Juana de Azurduy, donde se sentaba de cara al sol que entraba por el balcón que daba al pulmón del edificio, me pasaba una pinza de depilar las veces que yo iba y me pedía que le sacara un pelo de su mentón que ella no podía controlar porque ya no veía bien. 

El gran recuerdo mío de mi papá con su madre es él y mi tío Carlos (su hermano) cantándole a mi abuela para todos sus cumpleaños el mismo tema precioso que repetía la frase "mamita linda" en sus estrofas. Uno de ellos en guitarra criolla y el otro acompañando con bombo. Era tener a los Chalchaleros en casa. Y era el mejor momento de cualquier noche, además de las empanadas fritas de mi abuela que recordaré por siempre.





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