VERANOS EN SANTA TERESITA
Mis tíos Lola y Antonio tenían casa en la costa, en Santa Teresita, y mientras fuimos chicos recuerdo haber pasado parte de mis veranos allí.
Una casa muy tana, como todo en Santa Teresita y en toda esa parte de nuestra costa argentina: Las Toninas, San Clemente, Mar de Ajo. Eran todas casas muy simples, cuadraditas, de líneas rectas, sin nada de diseño ni estilo, no eran los chalets de Mar del Plata, ni los caserones de Pinamar, a donde en aquel entonces íbamos solo como paseo si tocaba un día de lluvia.
La casa de mis tíos tenía eso sí, dos plantas, y es todo lo que me acuerdo a nivel edilicio. Por lo demás mis recuerdos mayormente son sensaciones, estados de ánimos, actividades, en qué gastábamos las horas, cómo eran nuestros días.
Salíamos de Buenos Aires con el auto cargado hasta la manija. Teníamos un Ford Taunus Ghía coupé, dos puertas, al que mi papá le calzaba el porta equipajes y así le ampliaba la capacidad de carga. Se levantaban temprano, mi mamá sacaba los bolsos y los ponía al lado del baúl y mi papá se encargaba de acomodar cada bulto estratégicamente para que el espacio rindiera al máximo (mi papá es el mejor acomodador de baúles que conozco). Los bolsos con nuestra ropa, cajas con comida y provisiones para nuestra estadía para evitar tener que hacer compras allí donde las cosas salían mucho más que en Buenos Aires. Sobre el techo las sillas de playa, la sombrilla, las cañas de pescar mía y de mi hermano y algún bolso que no habría entrado en el baúl por haberle hecho espacio a la heladerita de Telgopor que sobre el techo se volaba.
Nos despertaban, nos cargaban dormidos para que no molestemos en el viaje, y salíamos. En esa época solo había una ruta de acceso, que además convenía agarrarla temprano para lidiar con la menor cantidad de turistas posibles.
Las paradas obligadas ya entonces eran Atalaya y Dolores. Atalaya solo estaba de mano derecha en dirección a la costa, y ya entonces tenía los mismos baños que tiene hoy, con los mismos pisos, las mismas puertas, los mozos de manual, y las medialunas que eran el tentempié para seguir el resto del camino entretenidos con algo. Rara vez nos sentábamos en las mesas a tomar algo, a menos que en la ruta hubiera un embotellamiento que ameritara una parada para evitar que el auto levantara temperatura de tanto estar frenado. Si no, simplemente mi papá hacía la fila para las medialunas, mi mamá nos llevaba con ella al baño para que desagotáramos y aguantáramos hasta llegar a destino y se seguía viaje. Después de esa parada si alguien tenía ganas de ir al baño ya la única opción sería la banquina al costado de la ruta agachados tratando de no pincharnos la cola con los pastos o con mi mamá haciendo fuerza y sosteniéndonos aúpa y tratando de que nuestro chorro no le mojara sus zapatos. Cuando teníamos auto con 4 puertas la tarea se facilitaba porque no hacía falta internarse en la banquina porque hacíamos pis entre ambas puertas y los autos no nos veían.
Algunos veranos viajábamos con mi tío Román o mi tío Luis, o con ambos, y en esos casos mi papá desatornillaba y sacaba los apoya brazos del asiento trasero para ganarle unos centímetros al ancho del asiento.
Cada verano, de ida y de vuelta, al pasar por la laguna Chis Chis, mi papá aminoraba la marcha y señalaba la laguna y nos contaba el mismo y repetido cuento: “Acá vine de campamento con el colegio cuando yo era chico”, decía. A lo que nos mirábamos con mi hermano y bajábamos exageradamente nuestros parpados como muestra de un silencioso y cómplice “otra vez la misma historia” que nos era impensado esbozar.
Llegar, salir despedidos y apurados del auto, correr por el pasillo de ese cemento áspero con arena hasta la casa en el fondo, que si te llegabas a caer te lijabas las rodillas, mientras mi papá empezaba a desatar la carga del portaequipaje que la había atado minuciosamente con cables y apilaba todo al costado del auto para que mi mamá empezara a llevar las cosas para adentro.
Mi tía que salía con el delantal puesto, feliz de vernos, con olor a la paella que nos estaba preparando para recibirnos, mi tío Antonio que regresaba caminando del muelle y comentaba cómo se pronosticaba la pesca de la madrugada, mi primo que nos mostraba los caracoles que había juntado ese día y mi tío Román que desesperado se prendía su cigarro después de horas de aguantarse encerrado en el auto desde la última parada previa.
Acomodábamos los bártulos, los que se tenían que bañar se bañaban y se cenaba temprano para al día siguiente aprovechar el día al máximo.
Los días arrancaban con la odisea de trasladarnos hasta la playa, que si en auto, que si a pie, que las sillitas, que la sombrilla, que quienes van en auto, que quienes, caminando, que la heladerita, que los baldes y las palitas de los chicos, que los baldes para las almejas y los berberechos, no se olviden las lonas, pónganse remeras que hay mucho sol, los sombreros y finalmente llegábamos y nos instalábamos.
Nosotros, los chicos, nos pasábamos la mañana entera haciendo pozos, castillos, túneles por debajo de los castillos por donde cuando llegaba la primera ola se convertían en canales y nos maravillábamos con nuestra obra. Otras veces a quien le tocaba en suerte se acostaba boca arriba, y los restantes nos ocupábamos de taparlo íntegramente con arena dejándole solo la cabeza afuera y corríamos a llamar a mi papá para que le saque una foto. Íbamos de la sombrilla al agua y del agua a la sombrilla. Nos agarraban las olas, nos revolcaban, salíamos heroicos a veces, otras lloriqueábamos y entonces nos consolaban cuando se oía el grito del barquillero y nos decían para distraernos : “vayan a buscarlo, vayan a buscarlo” y lo traíamos casi a la rastra hasta nuestra sombrilla para que algún generoso pagara la tirada de la ruleta que tenía en la parte superior de ese cilindro enorme de chapa mal pintado que le ocupaba toda la espalda, con una correa gruesa que lo cruzaba en diagonal al pobre hombre para poder cargar el artefacto y caminar con él durante el día entero bajo el rayo del sol. El juego consistía en pagarle $5, tiraba la pelotita como en la ruleta del casino, y en el número que paraba la pelotita significaba la cantidad de barquillos que te llevabas. Había hasta el 6, pero qué felicidad más pura.
De ahí, rato más, rato menos nos volvíamos a la casa para evitarnos el sol del mediodía, las mujeres cocinaban o calentaban las sobras del día anterior, los chicos nos enjuagábamos afuera en la canilla la malla, las ojotas, los baldes y el cuerpo y recién podíamos entrar cuando la comida estaba lista y en la mesa. Si no molestábamos, mientras los grandes se tiraban un rato a descansar durante la hora de la siesta, nosotros nos podíamos quedar afuera, pero al primer quejido, nos entraban. Teníamos unos autos Duravit con los que nos pasábamos ese rato jugando carreras acompañando el andar caminando inclinados, cada uno con la mano en el techo de su auto arrastrándolos. Yo tenía un Citroën 3CV verde oscuro hermoso, mi hermano un Fiat 600 que se le decía fitito, mi primo una F100.
Y al final salían los grandes de nuevo con las sillas, y volvíamos a irnos todos cargados, pero ahora agregábamos el mediomundo y las cañas porque al atardecer además teníamos la jornada extendida y cuando las mujeres se volvían para hacer compras o hacer la cena o ir bañándose de a turnos, los chicos nos quedábamos con los hombres y nos llevaban al muelle a pescar.
Por la tarde además de jugar juntábamos con mi tía almejas y berberechos, con cuidado de no cortarnos las yemas de nuestros dedos chiquitos y delicados, y la gracia era apretarlos y ver como sacaban esa lengua asquerosa. Ese botín al final del día se iba para la casa para ser limpiado y fritos los berberechos para esa misma noche mientras que las almejas terminaban en un frasco en escabeche.
Una vez que las mujeres partían todo se desmadraba un poco, porque los hombres nos permitían más libertades así que comíamos churros -todos los que quisiéramos-, mi primo que era más callejero que nosotros agarraba con un palo las aguavivas y nos las revoleaba, nos sacábamos las remeras que nos ponían por encima de las mallas para que no nos pusiéramos rojos, no usábamos los gorros, ayudábamos con el mediomundo al tío Antonio que me parece que era un gran pescador, y nosotros intentábamos con nuestras cañas que algún pez se comieran nuestra carnada.
“Es un lenguado”, gritaron de manera exagerada como si hubiese sacado un tiburón. El héroe era Martin, mi hermano. Y por supuesto mi papá le sacó una docena de fotos, ahí, al lado del muelle, conmigo, con mi primo, los tres juntos, al lado del Taunus, y no sé cuántas más…. Las tengo en la cabeza grabada como si las estuviera viendo, a Martin se le sale la sonrisa de la cara, y sostiene orgulloso su presa para la posteridad, porque el lenguado real esa noche terminará en una fuente en el horno con papas.
Ese día gracias a la proeza, nos evitamos que nos retaran. Cuando mi mamá y mi tía nos bañaron estábamos rojos como tomates, sobre todo mi primo que era blanco como la leche.
Fue una noche de T.E.G. y rifocina.
Cuando Tanín creció se consiguió un trabajo de tarjetero en Sistema, una de los dos boliches que eran furor. El otro era Babieca.
A veces nos dejaba caminar con él un rato por la playa, pero a medida que él crecía necesitaba alejarse de nosotros porque caminar con niños no iba con el perfil de sus tareas. Lo que el precisaba era repartir la mayor cantidad de tarjetas posibles y que el boliche se llenara. Íbamos a las matinés gratis y sin grandes trámites de permisos con mis padres porque como mi primo trabajaba ahí eso nos acortó el camino.
Incluso de adolescente vi en primera fila a una bandita que se llamaba Soda Stereo y me firmaron una tarjeta de Sistema cuando todavía nadie sabía que serían lo que serian.
Los veranos en Santa Teresita duraron hasta que mis padres compraron un tiempo compartido en Costa del Este, que estaba separado de Santa Teresita por otro balneario de nombre Mar del Tuyú.
Para entonces ya éramos adolescentes, pero nunca más olvidaré esos veranos austeros, familiares, llenos de arena, de esa casa llena de gente, de la amabilidad de mis tíos por abrirnos las puertas a todos a pesar de que eso les limitara sus comodidades.
Hoy, mi tía Lola, ya viuda hace años, vive sola en Santa Teresita, con sus 91 años recién cumplidos, donde se instaló cuando se quedó sola.
Su marido ya no estaba, su hija mayor había muerto de cáncer, su hija del medio –mi madrina- y Tanín se habían ido a probar suerte a Alemania, así que ella eligió envejecer allí con sus amigas de toda la vida.
Mi primo que vive en Alemania se compró un terreno en el golf, y cada verano cuando venía a visitar a su madre y escapar del invierno europeo, construía de a poco su casa en donde planea jubilarse cuando ya no trabaje. Se pasa siete meses en Alemania y cinco en Santa Teresita, con los mismos amigos y los mismos hábitos de toda la vida.











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