MIS TIOS LOS SASTRES

Mi tía Lola, hermana de mi mamá y su esposo Antonio, eran los dos sastres.  Con certeza él, pero ella trabajaba con él cortando trajes con lo cual para mí lo eran ambos a partir de esa situación y a mis ojos de niña. 


Mis tíos siempre vivieron en Capital desde que tengo recuerdo y cuando digo Capital, me refiero al Centro, como decimos los que somos de General Paz para el lado de zona norte. 

Ir a visitar a mis tíos implicaba sacar la Guía Filcar del baúl y llevarla a mano por cualquier cosa, en épocas castas de teléfonos celulares y de mapas electrónicos que se cargan en el momento y se actualizan las rutas como sucede ahora. La Guía Filcar era nuestro Google map de aquella época. 


Mis padres toda la vida salieron solos los viernes, sin hijos, lo cual hoy ya grandes devino en sábado, pero en aquel entonces como mi papá trabajaba en el centro y tampoco había cines ni mucha oferta gastronómica en zona norte, el plan era que mi papá no se en que se iba al trabajo a la mañana, pero a la tarde mi mamá nos buscaba en el colegio, y de ahí encarábamos para la city porteña.  Ellos a su plan que podía ser cine o teatro y a cenar; mientras nosotros nos quedábamos al cuidado de mis tíos hasta que ellos volvían, nos cargaban, nos bajaban dormidos, nos acostaban sin cinturones en el asiento de atrás y nos volvíamos a nuestra casa que quedaba a 70 kilómetros. 


La primera casa que recuerdo de mis tíos era la de la calle Lavalle. Lavalle 950, 5to piso.  No recordaba la altura, pero mi papá guarda todos estos datos en su disco rígido por suerte.  Yo intuía que sería entre San Martin y Cerrito porque por entonces a mediados de los setenta era peatonal. 

Tenían un departamento a la calle, que lo recuerdo como algo precioso, europeo, con estilo, con balcones de hierro negro y paredes trabajadas.  No tengo detalles en mi cabeza de como era su interior, no recuerdo lujos, no recuerdo muebles de estilo, solo recuerdo el ascensor de puertas de hierro de reja que se plegaban, y los dos botones redondos negros y el hueco del ascensor que si con mi hermano nos adelantábamos por las escaleras podíamos ver los cables que hacían fuerza para subir todo ese peso y trasladar a la gente para arriba y para abajo como si fuese magia.  Subir por las escaleras, mirar hacia arriba y ver el movimiento de esas lingas de acero, era siempre imaginar el peligro: “mirá si se cae”, “mirá si se corta el cable” decíamos con mi hermano, y mirábamos entre extasiados y asustados sobre todo porque a la vista de las medidas de seguridad actuales los cables estaban casi al alcance de nuestras manos.  Cuando el ascensor empezaba su descenso seguíamos su recorrido, lo esperábamos, y cuando llegaba, frenaba con un ruido brusco y nosotros bajábamos corriendo los escalones que nos quedaban de la escalera, y saltábamos los últimos dos para estar en la puerta cuando hubiesen bajado los pasajeros que venía de arriba y así podíamos subir nosotros con mi mamá a tiempo, rápido, para poder tirarnos contra la botonera y apretar el piso de mis tíos.  El afortunado era quien los apretaba a la ida, camino arriba, aunque mi mamá ante el primer puchero del perdedor nos tratara de calmar con un “a la vuelta tocás los botones vos”.  En ese momento la frase aplacaba el malestar y nos olvidábamos, pero al final de la historia nunca nadie de nosotros los apretaba al bajar porque nos íbamos dormidos al final de la noche y en brazos y esa tarea les quedaba a mis padres. 


La siguiente aventura era tocar timbre en la puerta del departamento, restos que le quedaban a quien no había podido tocar los preciados botones del ascensor, que eran migajas en comparación con el éxtasis de ser el ascensorista por unos minutos. ¡Qué odio cuando bajábamos del ascensor y mi tía ya estaba con la puerta abierta!   Nosotros veníamos del campo, los botones y los timbres y las calles asfaltadas o peatonales, todas esas luces, los carteles luminosos, los kioscos abiertos a la noche, todo eso era una novedad para nosotros, era Disney. 


Saludábamos, un beso a la tía, un beso al tío que siempre estaba encerrado en su sastrería, y corriendo a ver a mi primo grande.  Tanín,  en realidad Estanislao.  Estanislao Ribes.  Él tenía dos años más que yo y cuatro más que mi hermano así que solo tenerlo era una aventura, y encima vivía en el centro e iba solo al colegio, caminando, a un colegio con delantal blanco y donde le dejaban usar zapatillas.  Un paso adelante siempre. 


Mi mamá no tardaba en irse porque tenía que pasar a buscar a mi papá por su oficina en Plan Ovalo de la calle Libertad.  Incluso a veces teníamos la suerte de agregar esta parada antes de ir a lo de mis tíos y podíamos subir a la oficina de mi papá a buscarlo con ella, sentarnos en los escritorios vacíos, alguna empleada nos convidaba caramelos, levantábamos algún teléfono a escondidas haciéndonos los que trabajábamos y hablábamos bajito con “nadie” para que no se dieran cuenta.  Nos daban hojas en blanco para que no molestáramos, lapiceras y marcadores y dibujábamos hasta que mi papá estaba listo y entonces le dejábamos el dibujo para decorar el escritorio o su oficina. “Te quiero papá”, decía una burbuja que salía de la boca de una nena que era yo, de brazos y piernas tan flacos como líneas, bolsillos salidos hacia afuera y obligados zapatos de taco altísimos tipo plataformas que eran imposibles de acarrear por esas piernas escuálidas.  Pero era solo un dibujo, entonces eso no importaba. 


Ya en la casa de mis tíos, con o sin parada en la oficina de mi papá, la gran aventura era meternos en la sastrería de mis tíos.  No recuerdo que hiciéramos otra cosa que deambular por ese cuarto hasta que mi tía nos llamaba a comer. 

Era una habitación enorme con vista a la calle Lavalle, que en verano si estaban las puertas ventanas abiertas de los balcones mi tía nos dejaba asomarnos con cuidado para que viéramos las luces a un lado y al otro de la calle.  Percheros en altura tipo tintorería japonesa donde colgaban las prendas que confeccionaban para sus clientes, mesas de madera macizas y sólidas con un estante a 30 o 40 cm del piso que servía de cama para los infinitos rollos de telas y donde también nos escondíamos cuando jugábamos de contrabando a las escondidas y sobre la mesa un paño de lienzo color crema que en las puntas tenía clavados muchos alfileres, además de alojar reglas y escuadras de madera gigantes, no como las del cole, tijeras enormes con mucha punta, dedales, centímetros como los que usaban para curarme el empacho, tizas, y moldes, muchos moldes en otro sector. 

En otra mesa una plancha pesada e imponente, que se encargaba de planchar los trajes una vez que estaban listos, para luego ser envueltos prolijamente en papel madera y esperar a sus dueños, posterior a aquella última prueba final, en donde mi tío les decía: “pase a retirarlo el viernes entonces que se lo tendremos listo”, con un acento español que se resistía por todos los medios a convertirse en una tonada porteña. 


Este tío, mi tío Antonio, fue quien hizo que mis abuelos maternos se vinieran de España en la post guerra.  Él fue quien ya estando de novio con mi tía Lola (que era 18 años más grande que mi mamá), cayó a la casa de mis abuelos con las noticias de Argentina, con los planes de un futuro mejor, cruzando el charco, con posibilidades de trabajo, y ellos tal vez entusiasmados con lo que se decía de nuestras tierras decidieron dejar atrás el dolor de una guerra para emprender un proyecto nuevo y empezar de cero. A pesar que tenían casa propia, a pesar de que tenían una casa de playa muy chiquita y trabajo; pero se ve que aun con todo eso la pena de la guerra dolía hondo, porque cuando quisieron acordar primero se había venido mi tío Antonio Ribes y luego zarparon en un barco, ellos, unos meses más tarde. 

Mi tío Antonio era un cascarrabias, de uñas largas por su oficio, manos delicadas y suaves y llenas de pecas. 

No recuerdo que jamás haya tenido conmigo un gesto de cariño.  Quizá sí, pero no está en mi memoria. Y no digo que fuera malo, pero no lo recuerdo más que siempre serio o enojado, sin decir palabra, o retándola a mi tía por alguna cuestión doméstica, o peleándose los domingos con sus yernos o mi abuelo, posterior a haber tomado algún vaso de vino tinto de más en los almuerzos familiares en casa de mis abuelos.  Le gustaba hablar de política y trenzarse por sus ideales patrios. Nunca me gustó del todo.  Se peinaba hacia atrás acentuando sus entradas, engominando su pelo gris canoso. Él ya no vive. 


Mi tía Lola, su esposa, me despierta aún hoy todo lo contrario.  Es todo lo que está bien.  Es dulce, habla un español pegajoso y lindo, que te enamora de solo escucharla al teléfono y eso que tiene 91 años con más de 50 viviendo acá. De piel blanquísima, ojos claros, pelo ondulado y corto casi siempre, delantal al igual que mi abuela por encima de lo que fuera que vistiera, y unos brazos carnosos y cariñosos que me gustaba tocarle cuando después de darnos de cenar nos sentaba en el sillón a ver un poco de televisión hasta que nos durmiéramos y llegaran “a por vosotros” -como decía ella- “vuestros padres”. 


Ella me tocaba el pelo, me deshacía mi trenza larga, me la volvía a hacer prolijamente y me tiraba el pelo hacia atrás, y mientras hacía todo esto y yo preguntaba cuánto faltaba para que vengan mis papás, aguantándome un nudo en la garganta, porque extrañaba y porque tenía sueño, y  ella me decía que “ya pronto” y me alegraba lo que quedaba de la estadía recordándome que ellos llegarían con sus regalos de cada viernes que eran o un Topolín sorpresa, un Jack , un chicle Jirafa, unas Yapa o unos corazoncitos Dorins rotativamente para los tres (mi hermano, mi primo y yo) y que al siguiente viernes si era un Jack llevaríamos indefectiblemente en la próxima visita para verificar y comparar nuestra colección con la de mi primo. 






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