SALIDAS EN KARTING

Tenía 4 o 5 años, el pelo largo que me tapaba la cola, un enterito de paño con tiradores de la misma tela, apretado porque abajo me ponían camiseta de manga larga + polera de lana tejida que me hacía picar el cuello + buzo de plush, zapatitos horribles y acordonados de cuero, y un tapado que no me dejaba mover para que no tomara frio. Pero nos emponchaban y allá partíamos a andar en un karting obviamente a pedal que teníamos que era sensación para todos. Nosotros -sus dueños-, mis primos con quienes lo compartíamos los fines de semana y nuestros vecinos de la cuadra. Terminábamos de comer el domingo y mi papá cargaba el karting en el auto, supongo que en el baúl o reclinado algún asiento, se sumaba mi tío Román, mi mamá, mi hermano Martín, mi primo Tanín y yo. Alguna que otra vez otra prima Andrea pero que casi nunca venia porque era más chica y ya tantos no entrábamos en el auto. 


Yo ni sabía a dónde íbamos, ni a cuanto quedaba de la casa de mis abuelos donde almorzábamos los domingos, pero ya de grande al ver las fotos de esas salidas entiendo que ese puente es el puente de Henry Ford y Panamericana solo que entonces solo tenía unas rampas de tierra en lugar de las rampas de cemento actuales y una calle también de tierra que lo cruzaba por debajo que luego devino en una avenida con nombre y apellido en Inglés y asfaltada como hasta el día de hoy. 
Bajaban el karting, cantábamos nuestros turnos al grito de PRI, SEGU o TER, subíamos el karting cuesta arriba y desde allá nos sostenía mi mamá o mi tío mientras que abajo esperaba mi papá listo para retratar el momento con su habitual cámara de fotos. 
Si habremos rezongado toda la vida de los: ponete que les saco, a ver otra más, dale sonrían che, pueden mirar a la cámara?, chicos vamos de vuelta, tanto les cuesta? y todas esas frases con las que mi papá te atormenta cada vez que sacaba y aún saca fotos; pero GRACIAS a esas frases y a haber superado nuestras exageradas molestias con la situación, hoy tengo la mejor colección de recuerdos en fotos, y lo único que me interesa conservar para cuando mis viejos ya no estén y pueda elegir con que quedarme. Sin dudas el bien más preciado. 


Así nos pasábamos la tarde, y las tardes de cada domingo, invierno y verano, subiendo y bajando sin parar, uno, el que sigue, y el otro, y otra vez el primero y así repetíamos el orden toda la tarde hasta que bajaba el sol y mi mamá gritaba: bueno vamos ya es hora de irse y nosotros negociábamos una tirada más para cada uno con un POR FA, la última !!!! 
Éramos felices. 
Con tan poquito... 


A pesar de las quejas del tapado que no me dejaba mover, de mi polera que picaba y el cuello rojo de tanto rascarme exagerando a ver si lograba que ni mamá se apiadara y me dijera “a ver vení que te saco eso”, pero no, mi mamá era inquebrantable. Esas boludeces nunca la conmovieron. A mí tampoco ni de grande ni de madre. Lo que tanto critiqué lo heredé casi todo. Cosas de manual que se repiten de madres a hijas y de generación en generación y suceden en todas las casas y familias. 


Tengo miles de fotos de esas tardes andando en karting, incluso sin tapado, con sombrero, con el pelo suelto, con rodete, con los anteojos de sol de mi mamá gigantes y ostentosos, haciéndome la payasa, con mi primo más grande atrás parado, o con mi hermano sentado al lado, con sus shorts de tela almidonada con pinzas y camisa de manga corta y zapatitos de cuero también horribles y con cordones. ¿Qué pasaba, no había zapatillas? En karting en una calle de tierra y vestidos como para ir a un bautismo… qué fuera de contexto, pero, en fin. 


Mi tío que nos empujaba sin dejar el pucho, con la colilla en la boca echándonos el humo en la nuca, haciendo equilibrio con su ceniza larguísima, época de otros paradigmas y hábitos.  
Hoy un tío tirándote el humo en la cara sería casi un asesino. 
Mi mamá y mi papá también fumaban como escuerzos. En aquella época la gente se jactaba de fumar un paquete y medio por día cada uno como los escuchaba decir a ellos. 
Qué asco y lo digo muy a pesar de que fumo, justificando mi vicio en que fumo solo dos o cinco por día habitualmente. Pero en 20 años esta frase también va a estar fuera de contexto. Estoy segura. 


Volviendo, éramos felices creo, o al menos con el tamiz del tiempo los recuerdos me pesan para el lado del bien, de la anécdota con caras llenas de sonrisas. Las nuestras. 
Las de los chicos y las de los grandes. 
Nosotros disfrutando, los grandes disfrutándonos. Nosotros los chicos haciendo de chicos y ellos los grandes nuestros padres esforzándose por hacer todo bien, aunque seguramente a veces no saliera. 




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