2001, CORRALITO, PRIMER MUNDO & LEUCEMIA

En el 2000, previo a la crisis que aún no sabíamos que llegaría en el 2001 a nuestro país, y hartos de que nos robaran sin parar en un Locutorio que teníamos con mi ex marido, empezamos a pensar en voz alta la idea de irnos a vivir afuera. 

Pensamos opciones, él tenía el sueño americano en mente, más a Richard, su gran amigo de toda la vida,  que le ofrecía algunas posibilidades en Miami y facilidades que aceleraban la idea en nuestra cabeza.   El lugar prometía en principio un clima amigable, facilidades con el idioma para él que no hablaba inglés y la posibilidad de un trabajo con alguien conocido, el combo era más o menos perfecto. 

Al principio fui la más reacia creo que en parte porque tenía un trabajo estable y que me hacía feliz, pero cuando nos dimos cuenta nos estábamos reuniendo en el Lobby del Sheraton Plaza San Martín con Leonardo Roth, un abogado argentino, de cejas espesísimas, que vivía en USA hacía 20 años y que se dedicaba a gestionar las visas de trabajo y ciudadanías para quienes querían volar hacia el otro continente. 

Roth nos puso sin vueltas las opciones sobre una mesa de mármol, y bajo el frio polar de un aire acondicionado que me daba de lleno en la nuca tomé nota de todo.  El aire congeló los conceptos en mi cabeza y nos fuimos con los papeles a casa a pensar en serio y sin divagar en fantasías sobre el primer mundo, qué queríamos y qué íbamos a hacer de acá en adelante. 

Tomamos la decisión de nuestra vida y con un hijo más otro muy al principio del camino, juntamos toda la documentación necesaria y nos aventuramos felizmente a la idea de irnos.  La decisión nos sacó de la crisis de pareja del momento, aunque hubo muchas otras más después, y sin proponérnoslo pusimos el foco en hacer trámites, ir a escribanías, legalizar papeles, hacer traducciones, apostillar documentos y esperar a que el proyecto donde nos estábamos jugando todo empezara a activarse.   

Allá por mayo del 2001 un día nos llegó un mail del Estudio de Roth (“Roth Rousso & Katsman Attorneys  at Law good afternoon” me dijo con voz de porrista quien me atendió cuando devolví el llamado como me indicaban en el mail) y Leonardo Roth en persona me informó que el trámite estaba demorando más de lo previsto porque no estábamos casados pero en contrapartida teníamos dos hijos, lo cual complicaba algunas cosas, así que sin más sacamos un turno en el registro civil de Campana y nos casamos en un trámite íntimo del que participaron nuestros padres, nuestros hijos y un par de amigos que fueron testigos de un casamiento que no tenía del todo que ver con un cuento rosa.  Mandamos el certificado de matrimonio a traducir, legalizar, apostillar y lo metimos en un sobre de Federal Express que a los pocos días daba como resultado la confirmación de que estábamos en condiciones de irnos. Me invadió el terror de no saber si estaba haciendo lo correcto.  Atravesaba lo que yo hasta ahí creía la peor crisis de pareja, me senté con mi amiga Roberta, le pedí consejo, le alquilé la oreja mil tardes con mis dudas existenciales y finalmente un día me dijo: “no tenés nada que perder, acá está todo hecho mierda a nivel país, vos tenés los papeles, así que andate y tal vez el cambio de aire les trae un cambio de rumbo y clima en su relación”; y no me hizo falta más nada.  Me puse en modo ME-VOY-A-LA-MIERDA, publiqué los muebles de mi casa y todo lo demás también, hice ferias los fines de semana para convertir en pesos todo lo que teníamos y llevarnos todo el efectivo posible para a su vez poder llegar y arrancar en USA nuestra nueva vida. 

En Julio del 2001 con todo listo, pasajes comprados, luego de haber renunciado a mi trabajo, con un hijo de 2 años y medio y otro de 3 meses partimos llenos de dudas y valijas, pero a su vez convencidos.  Aún no había explotado todo en Argentina, faltaba un semestre para lo que luego fue el corralito del 3 de diciembre del 2001. 

El 11 de septiembre como residentes novatos nos agarró de sorpresa la noticia de las torres gemelas cuando nos levantamos para ir a trabajar y vivimos la incertidumbre y el pánico en un país que no es el tuyo, sintiéndonos más visitantes que nunca, aturdidos por las noticias del Ántrax que se esparcía por todas partes y por el miedo a que por ser extranjeros nos mandaran de vuelta para casa luego de haberlo apostado todo. 

En diciembre del 2001, cuando no hacían ni 6 meses que estábamos instalados en USA, casi pisando fin de año, empecé con una seguidilla de días de fiebre altísima.  Me dieron una medicación, me la cambiaron por otra ante la NO mejoría y por otra más y nada.  Yo seguía con fiebre que por momentos pasaba los 40 grados, con paños con hielo en la cabeza, o sumergida en una bañera y nada. Me llevaban de la cama al baño, no comía, me dolía todo y al cabo de 15 días había perdido 10 kilos.  Llegué a pesar 45. 

Finalmente, una mañana en el espejo del baño me encontré una mancha negra chiquita en la encía inferior como cuando uno se pellizca la yema de un dedo y te queda un coagulito color negro de sangre. Me revisé y tenía más no tan visibles. 

Sin turno fui a ver a mi dentista.  Me miró la boca, salió del consultorio, le dijo a su secretaria lo comunicara con un tal Dr. Peter Rubelmann .  Mientras esperábamos que lo comunicaran me dio la mano de manera muy tierna, pero a la vez me hizo dar cuenta que algo malo pasaba, y me dijo: "Voy a pedirle que te atienda ya mismo, fue mi gran maestro en la Universidad de Miami, lo sabe todo y más".  Y contrariamente a la frase y a su cara que lo advertían todo, no tuve miedo.  Me sentí a salvo.  Rubelmann pidió que me llevaran en el acto a su consultorio. 

Llegamos a un consultorio antiguo, con una asistente haciendo juego, un ambiente oscuro, y una decoración pasada de moda. Cuando nos anunciamos, la asistente se paró y nos acompañó a un consultorio vacío donde a los pocos minutos apareció un viejito de pelo blanco, parecido a Einstein y sin demoras me hizo sentar, abrir la boca, me puso algo que hacía que mi boca se mantuviera abierta y con las encías a la vista, agarró una cámara y me sacó infinidad de fotos. Cuando apoyó la cámara en la mesita que estaba a mi lado, me miró a los ojos y me dijo: “No doubt my darlingyou have leukemia.  Somebody else has to see you right away.”  De nuevo pasó lo mismo que me había sucedido en el dentista: no sabía cómo seguíamos, pero no tenía miedo. 

Rubelmann llamó a un tal Enrique con quien habló en inglés y de manera muy familiar desde su celular.  Cortó, me anotó en un papel la dirección y nos fuimos a verlo. 

Llegamos a los consultorios externos del Mount Sinaí en Aventura donde me esperaban con una silla de ruedas en la puerta y me llevaron de inmediato a una oficina que en la puerta decía “Dr. Enrique Dávila / Oncologist”.  Me sorprendió la organización y la sincronización de esa silla de ruedas esperándome justo en el momento que estacionábamos en la entrada y la coquetería y las uñas de la morocha de piel casi azul y voluptuosa que me llevó hasta el consultorio mientras mi marido estacionaba.  Me registraron, en un inglés de película, me dijeron que la consulta costaba USD2.500.- cash, que no atendían mi seguro médico, y como les dije que no tenía ese dinero encima, llamaron a Dávila y él me hizo pasar directo a su consultorio, pasando por alto una sala de espera llena de viejitos ricos, y viejitas bien peinadas de peluquería, con peinados esponjosos y maquilladas para ir a una gala. Casi no había gente joven o al menos ese día no los había. Dávila resultó ser un venezolano de algo así como 55 años, de manos bronceadas y voz suave, que te preguntaba y escuchaba con atención, como si tuviera todo el tiempo del mundo.  Luego de algunas preguntas de rigor, hizo salir a mi esposo, y hablamos largo rato mientras una enfermera me sacaba sangre y llenaba infinidad de tubitos.  Cuando terminó, Dávila le dijo que quería los resultados urgentes. “Twenty-minutes-rush”.  No me acuerdo de nada más, solo que me desperté en una camilla acostada poco tiempo después con él a mi lado esperando que yo reaccionara para contarme las noticias. 

“Te tenemos que internar, me arriesgo a decir que tenés leucemia y tenemos algunos otros análisis en curso…” 

Preguntó con qué familia contábamos en Miami, nos organizó la cabeza rápidamente y le dijo a mi marido: “Vos andá a buscar a tus hijos a la escuela y organiza quien los pueda cuidar esta noche, y déjame los datos de los padres de ella para poder llamarlos, tienen que volar idealmente hoy”.  Me trasladaron en ambulancia al Mount Sinaí Hospital sobre Alton Road, Dávila ya estaba en el Hospital para cuando llegué y me subieron a un piso estéril para pacientes de alto riesgo de contraer infecciones donde el acceso de visitas era extremadamente restringido y limitado.  De igual modo, así y todo, durante mi internación me contraje entre otras cosas neumonía, pulmonía, tuve comprometido algo relacionado con los vasos sanguíneos, y algunas otras cosas de las cuales no recuerdo el nombre. Cuando estuve lista en la habitación, muerta de miedo ahora sí, Dávila entró vestido que parecía un astronauta y me contó que mis padres viajarían la noche siguiente, que entre otras cosas tenía una septicemia (*) grave generalizada que me había tomado todo el cuerpo y que mi situación era grave pero que recién nos daría un informe completo cuando mis padres estuvieran en la clínica. Me asombró su franqueza, su forma directa de explicarme lo que transcribo abajo, su calma, su habilidad para decir semejante cosa y lograr que yo no entrara en pánico.  Me presentó a su equipo: un infectólogo japonés de apellido CHUNG, una doctora venezolana que rondaba los 30 años que parecía una modelo, y el Dr. Ramón Martínez, también venezolano y oncólogo, con quien mantuve contacto por muchos años, comimos asados y fue parte de nuestras reuniones familiares cuando mis padres viajaban de visita a verme a Estados Unidos. 

 

  • ¿Qué es la sepsis? 

La sepsis o septicemia es una afección médica grave, causada por una respuesta inmunitaria fulminante a una infección. El cuerpo libera sustancias químicas inmunitarias en la sangre para combatir la infección. Estas sustancias químicas desencadenan una inflamación generalizada, la cual produce coágulos de sangre y fugas en los vasos sanguíneos. Como resultado, se altera la circulación sanguínea lo que, a su vez, priva a los órganos de nutrientes y oxígeno, y causa daños en los órganos. 

En casos graves, se presenta insuficiencia de uno o varios órganos. En los peores casos, la presión sanguínea disminuye, el corazón se debilita y el paciente se precipita a un choque septicémico. Una vez que esto sucede, varios órganos (los pulmones, los riñones, el hígado) pueden dejar de funcionar rápidamente y el paciente puede morir. 

La sepsis es uno de los mayores desafíos en los hospitales, en donde es una de las principales causas de muerte. También es uno de los principales motivos por los que las personas deben reingresar en el hospital. La sepsis se presenta de modo imprevisible y puede avanzar rápidamente. 

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Pasé dos noches complicadas, pero las pasé y me desperté con mis padres en mi habitación actuando estar enteros, pero llorando a moco tendido por dentro seguramente.  Me dan ganas de llorar de solo recordarlos a ellos tan tristes. Mi papá es muy llorón, y estoy acostumbrada a verlo en esa situación, pero esta tristeza era otra cosa, que no sé cómo explicarlo.   

El informe que nos dieron fue concreto.  Dávila dijo que tenía dos cosas para comunicarnos.  La mala noticia era que yo tenía en mi organismo una bacteria de nombre Pseudomona (*) que era muy difícil de combatir, que según nos dijo ese día era 99% mortal en las condiciones físicas en que yo me encontraba. Neutrófilos en menos de 500, glóbulos blancos que de casualidad llegaban a los 1000, cuando en términos normales debemos tener 11.000. La buena era que si lograban eliminar esta bacteria de mi cuerpo podríamos tratar mi leucemia. 

La única que escuché y que me sacudió fue la que vino después: que no podría ver a mis hijos hasta que pudiéramos combatir la pseudomona.  En ese momento yo tenía a Lucas que no llegaba a los tres años y a Ramiro que no tenía un año, y de quienes no me había despedido.  Se habían ido con mi esposo a la guardería y al jardín por la mañana del día anterior y terminé internada y nunca más los vi hasta muchos días después. En el interino me hicieron dos punciones de médula para determinar qué tipo de leucemia tenía, nunca nada me dolió tanto en la vida, no sé si porque realmente dolía tanto o porque estaba golpeada anímicamente y era el único momento en que me permitía emitir alguna queja respecto a lo que me pasaba.  Por más que quieras estar tranquilo es aterrador que te pongan boca abajo, te aten de pies y manos y te fajen a la altura de la cintura para que no te muevas.  Tenía leucemia aguda según indicaban los resultados de la punción. 

Estuve internada varios días, casi 15 creo pero en realidad no lo recuerdo bien, la memoria es selectiva y me esconde ciertos datos.  Dávila y su equipo le ganaron a la bacteria. Lo festejamos con globos en mi habitación que consiguieron los médicos y enfermeras que me trataban, cosa que resultaba ser la promesa de algo mejor que estaba por venir.  Fue el 10 de enero del 2002 y por algunos años ese día lo recordábamos como algo especial en mi calendario. Los yankees tienen esas cosas, hoy me pregunto de dónde sacaron los globos los médicos, quien se tomó esa molestia dentro del hospital. Durante esa estadía los médicos me hicieron la vida mucho más fácil. Veía la serie Friends con ellos en mi habitación de a ratos cuando no tenia a mi familia de visita en los horarios permitidos, mis padres supongo venían durante el día sino me equivoco, creo que a veces se quedaban alternadamente a dormir, mi marido venía por la tarde al salir de trabajar y antes de irse a dormir con mis hijos, en mi casa se instalaron intermitentemente mis padres y los primeros dos días Richard y su novia para distraer a mis hijos y que no notarán tanto mi ausencia.  Nunca fui una creyente dedicada, pero de repente lo fui cuando estuve sola frente al mundo, y me aferré de una medallita que me mandó mi hermano Martín  junto con una carta que resolvía todas nuestras diferencias y dejaba en cero nuestros pendientes.  Tuve miedo de no volver a mis hijos y luché sin proponérmelo solo para volver a estar con ellos.  Lo demás no importaba. No había “demás” en realidad. 

Mis padres se preguntaron por qué yo, y yo me pregunté por qué yo no, y Dávila quien se convirtió en mi confidente y mi sanador me dijo en secreto que si pensaba así me iba a curar.  Casi que me lo prometió. Y le creí. 

Mi seguro médico me dejó a pie a mitad de camino y cuando fui a administración para irme del hospital el día de mi alta me enteré que tenía una cuenta pendiente por nada más que USD 97.000.-, que mi seguro sólo se había hecho cargo de USD10.000.- aduciendo que mi enfermedad era preexistente.  El resto tenía 30 años para pagarlo en cuotas mientras viviera en Estados Unidos.  

A partir de ahí me quede sin cobertura médica excepto en Argentina en donde yo conservaba mi obra social y donde me veían todos mis médicos anualmente cuando venía de visita.  Y la leucemia me la trató gratis Dávila a cambio de utilizarme como paciente de investigación.  Firmamos el acuerdo con un abrazo cálido y dos cookies con chips de chocolate -que siempre tenían en sus consultorios para mimar a los pacientes- el día de mi primera consulta posterior a mi alta del hospital, en su consultorio cuando me lo propuso sabiendo que no tenía forma de curarme de otro modo, y que la única que se beneficiaba con dicho acuerdo era yo. 

Dávila me salvó la vida, y le ganamos juntos la batalla a la leucemia también, pero en el proceso me habló de lo que el cuerpo comunica, de que si no era feliz con mi vida eso me anulaba las posibilidades de curarme y estaba al tanto de lo que pasaba en mi casa y me escuchaba como un padre.  Fue más que un médico, tanto él como Ramón Martínez.   Yo recuperé mi vida normal, incluso me quedé embarazada de Ailine sin ninguna consecuencia cuando lo recomendable era no embarazarme más y volví a Argentina a finales del 2004 con una hija adicional en la cuenta y la salud en foja cero.  Me divorcié al poco tiempo, mantuve contacto por muchos años con Dávila y Ramón vía mail.  

Una historia con final feliz.

 


    • Pseudomonas aeruginosa 


    Las infecciones por Pseudomonas aeruginosa varían desde infecciones externas leves hasta enfermedades graves potencialmente mortales. Las infecciones son más frecuentes y suelen ser más graves en personas que: estén debilitadas por ciertas enfermedades o trastornos graves, se encuentren hospitalizadas, padezcan una enfermedad que debilite su sistema inmunitario, que tomen medicamentos que inhiban el sistema inmunitario, como los utilizados para tratar el cáncer o para evitar el rechazo de órganos trasplantados.  

    Estas bacterias infectan la sangre, la piel, los huesos, los oídos, los ojos, el sistema urinario, las válvulas cardíacas y los pulmones, así como heridas (como quemaduras, lesiones o heridas quirúrgicas). Estas infecciones se adquieren habitualmente en los hospitales.  

     

     

    • Leucemia  

     

    Es un grupo de enfermedades malignas de la médula ósea (cáncer hematológico) que provoca una proliferación anormal de leucocitos en ella. Sin embargo, en algunos tipos de leucemias también pueden afectarse cualquiera de los precursores de las diferentes líneas celulares de la médula ósea, como los precursores mieloides, monocíticos, eritroides o megacariocitos. Las células cancerígenas impiden que se produzcan glóbulos rojos, plaquetas y glóbulos blancos maduros (leucocitos) saludables. Entonces, se pueden presentar síntomas potencialmente mortales a medida que disminuyen las células sanguíneas normales. Las células cancerosas se pueden propagar al torrente sanguíneo y a los ganglios linfáticos. También pueden viajar al cerebro y a la médula espinal (el sistema nervioso central) y otras partes del cuerpo. 

     
     





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