INSTITUTO SAN FRANCISCO

Íbamos a un colegio bilingüe en San Isidro, en épocas en donde los colegios bilingües significaban y representaban otra cosa. Años 80.  Tener guita en los ochenta era mucho menos ostentoso que hoy. 

Era tener guita y punto, más un tema de uno, algo más interno y privado; en cambio hoy tener guita es vivir para afuera por sobre todas las cosas.  Es más importante aparentar tener guita que tenerla de hecho 

Porque no solo hay que tener guita, hay que hacerlo notar y que no queden dudas.

Hoy el que tiene guita tiene 4 autos en la puerta de la casa como si nada, todos de paladar negro (importadísimos).   En cambio, en los ochenta era tener un Renault 18 break, un Sierra cuando mucho deportivo, una Fuego para los más pisteros, un 505… no mucho más. 


El mío era un colegio bueno en la primaria, regular tirando a malo en la secundaria.  

La primaria era de los dueños originales, los Carvallo, y el secundario había pasado a ser administrado por el hijo de los Carvallo, el gordo Carvallo, al que le importaba más la cantidad de alumnos = cantidad de guita que entraba mensualmente, que el tan cuidado renombre del colegio. 

Los requisitos para entrar a primaria nada tenían que ver con los del nivel secundario donde hasta aceptaban repetidores y gente que era desclasada de otros colegios de la zona.  Zona liberada de prontuarios.  Y si bien obviamente todos tenían un poder adquisitivo de la media para arriba y un poco más, los chicos ricos que iban ahi no eran de los más buenos ni de los más estudiosos.  

Recuerdo que una mañana llegamos al colegio y estaba lleno de patrulleros.  Habían entrado a robar, pero básicamente no habían robado nada.  Habían entrado a destrozar.  

Poco después se descubrió que habían sido alumnos de 5to año de secundaria, gracias a huellas que tomaron los peritos, más a la susceptibilidad de los directivos que sabían que en la semana les habían puesto 24 amonestaciones colectivas a tres cursos completos con el fin de ponerles freno a este grupo de inadaptados como los llamaban.

Todas las paredes de los patios pintadas con los pomos de los kétchups y las mostazas del kiosco del colegio, me pareció una genialidad la idea, ni gastaron en aerosoles.  

Se robaron solo los boletines de todo 5to año, de los que hubo que hacer duplicados, una semana de sermones y charlas en el patio para todo el mundo, policías que entraban y salían a hacer muchas preguntas y fin de la novela. 


El San Francisco era un colegio con un gran patio interno y todas sus aulas alrededor dando con sus puertas y ventanas a ese patio. 

A mí siempre me gustó ser la chistosa, y un poco más también.   Y en el San Francisco si te pasabas de vueltas el sistema era que terminabas en el patio sin importar la temperatura del día, y ahí te quedabas hasta que terminaba la tarde y hacían ingresar al colegio a tus padres para que te sientas humillado frente a ellos lo cual te garantizaba una charla incómoda en el trayecto de regreso a casa cuando menos.  

A la distancia, la verdad, se que pasé muchas menos tardes afuera de las que me merecía gracias a que tenía maestras como La señorita Liliana o Miss Ethel que me amaban y yo a ellas.  

A Liliana porque era una madre ideal (aunque ella no podía ser madre y era una solterona) y a Miss Ethel porque era hermosa, nos invitaba a tomar el té a su casa en la esquina de Paraná 702 en La Lucila frente a las vías y toda su vida era soñada: su casa, su pelo, su ropa, su edad, sus scons que los hacía ella, su novio que tenía tabla de surf, su perro, su cuerpo… todas queríamos ser ella.  Y encima era buena.  No sabía cómo se hacía para hacer todo bien.  Hasta tocaba la guitarra y cantaba, que odio en algún punto.  Pensar que hoy me sorprende más que exista gente que cumpla con todo lo que está mal...

 

A principio de año nos pedían una caja con los materiales para todo el año, la cual era una caja grande forrada en papel con lunares o el diseño que te asignaran según el grado y allí iba todo lo que te pedían en una lista al iniciar las clases. 

Como yo cada tanto me hacía pis, mi mamá además de los materiales incluía en la caja una bombacha de repuesto en una bolsita.  Tan precavida mi mamá como humillante la situación, con la notita que decía en rigurosa cursiva y lapicera trazo grueso: “por si Gabi se hace pis”. 

No sé cómo todos sabían de la existencia de esta bombacha de repuesto ni quién había divulgado este secreto de estado en algún momento, pero algunos me hacían bullying por esto, especialmente los varones, y una china que no era china, pero tenía cara de, que me escribía el cuaderno en cualquier lado y me escribía la palabra PIS y BOMBACHA repetidamente probando mi umbral de tolerancia.  

Yo lo descubría meses más tarde cuando llegaba a esa altura del cuaderno, porque no tenía el coraje de escribirme nada en la hoja del día, lo hacía varias hojas para adelante para demorar que la descubriera rápidamente.  Una cobarde. 

Un día pasé una hoja de mi Rivadavia tapa dura de 100 hojas, y  frente a mi encontré sus burlas plasmadas en lapicera de pluma azul y sin dudarlo con la misma regla que tenía en la mano de madera que mi papá nos traía de Ford donde trabajaba y que tenían el filo superior de metal pegado a los números, me di vuelta porque ella se sentaba justo detrás mío, y sabiendo que era ella por su letra, le di con la regla en su angosta frente pegado al nacimiento del pelo.  Gritó como si la hubiera matado.  La maestra, que escribía en el pizarrón de espaldas a nosotros se dio vuelta, nadie decía nada, pero la chinita tenía la frente y la cara llena de sangre. Duró 2 segundos en descubrirse el secreto. 

Yo fui a dirección sin escalas, la maestra me agarró fuerte del brazo, me lo apretó como cuando te mandas un berrinche en el supermercado o en un lugar público y tu mamá del aprieta el brazo prometiéndote con la mirada que al subir al auto o al llegar a casa te matan. 

A la china la llevaron al baño a lavarse y luego no se quien le resolvió el tema de los puntos en su frente, pero por varios días vino con una venda enrollada como un tampón.  


Creo que ella usaba una Parker bordo con capuchón metalizado para hacer sus maldades.  Cuando me sinceré con la Sra. Olga Carvallo en la dirección -dueña y directora del colegio- y le conté de la historia de mis bombachas de repuesto llorando me abrazó como una abuela y me dio dos garantías que no necesitaron estar en papel para dejarme tranquila: 1) nunca más nadie se iba a burlar de mí en ese colegio y 2) nunca más me iba a hacer pis encima.  


El tiempo le dio la razón en ambas cosas.  No supe nunca como manejó el tema con los padres de la china, pero el caso se cerró creo sin que siquiera mis padres se enteraran gracias a la discreción de esta señora.

Yo no me hice más pis en el colegio tampoco.




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