A.C.V. EN RUTA 9

Habíamos festejado mi cumpleaños en la nueva casa de Henry Ford, con lo cual por lo menos fue en el 81 o de ahí para adelante. 

En aquel entonces en mi casa los cumpleaños se festejaban no sé si a lo grande, pero de manera dedicada.  Mi mamá se ocupaba de decorar y hacer juegos como ponerle la cola al chancho en cartulinas con dibujos calcados y colores brillantes pintados con témperas y barnizados encima.  Nada de dibujitos a la ligera ni de pintadas pálidas a lápiz por más Caran D´Ache que fueran.  Los cumpleaños se organizaban con tiempo y los preparativos eran con todo.  Mi mamá cocinaba sus especialidades dulces que consistían en triangulitos con membrillo, alfajorcitos de maicena y bombas con pastelera y mi papá se ocupaba de retratar el evento sacando fotos y filmando con su filmadora, haciendo honor al mote de adelantado en la materia.  No  cuándo dejaron de gustarle tanto los cumpleaños a mi mamá, si fue la falta de niños en la casa, o la vejez o las pérdidas; pero de cualquier modo heredé de ella el placer de decorar para recibir gente.   

Después de los juegos al aire libre tomábamos algo, comíamos otro poco y luego mi papá nos proyectaba una película en super-8 y todos nos sentábamos en las sillas mini acapulco de cables -hoy nuevamente de moda- que mi mamá había ubicado estratégicamente en el sótano de mi casa.  Manteles de colores, guirnaldas, flores de papel, bolsitas hechas a mano con golosinas, carrera de embolsados, buscar caramelos en el plato con harina, llevar papas en una cuchara con la boca… eran algunas de las actividades y los ítems a resaltar de cada cumpleaños,  además de la torta casera decorada con total dedicación por mi madre con obligado baño de chocolate, rellena con duraznos en almíbar, y mucho confite de chocolate de colores que en aquella época se vendían solo en la casa de repostería.  

Todos comieron, charlaron y tomaron cumpliendo con todos los puntos en agenda obligados de un cumpleaños y cuando ya era tarde para mis abuelos, ellos decidieron irse y calculo que mi papá los habrá alcanzado a su casa que estaba a algo así como 20 cuadras.  Les insistieron para que se quedaran al momento de la torta, pero estaban cansados y prefirieron irse con la promesa que al día siguiente les alcanzaríamos unas porciones de torta para tomar la merienda.  Hablo de mis abuelos maternos: la abuela Luisa y el abuelo Claudio. 


Pero la visita con planes de merienda se adelantó. 

Mi abuelo llamó a casa y vomitó como pudo el parte médico: mi abuela no se había levantado de la cama, no hablaba, se había hecho pis encima, se le caía la baba y no caminaba. 

Tengo una laguna enorme entre ese momento donde nos subieron al auto y fuimos a lo de mis abuelos a ver qué estaba pasando y el dos o tres días después que no se si fueron realmente dos o tres días o una semana o un mes. 

De hecho, mi vida está llena de lagunas que tal vez sean mecanismos inconscientes para guardar selectivamente lo que quiero conservar y no entre mis recuerdos. 


Cuando fuera que fue, mi abuela volvió a su casa, pero convertida en una niña grande que a partir de allí usó pañales, no nos reconocía la mitad de las veces al principio y ninguna después, mi mamá y mi abuelo le daban de comer en la boca como un bebé, la bañaban sentada en un banquito en la ducha de su casa, la hacían caminar alrededor de la mesa para que no pierda movilidad,  ella que no se quería levantar y cada vez costaba más moverla, se le hicieron mil escaras en la cola de estar en la misma posición sentada y acostada siempre, y miraba la tele sin importar que veía ni si tenía volumen, porque en realidad miraba al vacío, a la nada. 


Se invirtieron los roles y mi abuelo se convirtió en su esclavo, él la atendía junto con mi mamá y lo descubrí llorando en silencio varias veces, como también lo escuché hablando solo en la carpintería que tenía en el fondo de su casa mientras ordenaba sus cepillos y sus formones y se tomaba un respiro y salía de la casa cuando mi mamá llegaba y tomaba la posta con su madre lo cual liberaba a mi abuelo por un rato. 


Otras veces me pedía que lo acompañara a un zanjón, se calzaba unas botas negras de caña alta y me llevaba con él en busca de un yuyo que le habían dicho que crecía en las zanjas, con el que se hacía un té y servía para pasar sobre las llagas de mi abuela para que se le cicatricen las escaras.  Era él quien ahora le ponía los pies en remojo a mi abuela, quien le hacía su café con leche y le ensopaba los polvorones o las galletas marineras que le compraba cada mañana intermitentemente en la panadería en cruz con su casa. 


Nuestra vida cambió para siempre. 

No sé cómo era la rutina de mi madre durante el día, pero a la tarde cuando nos buscaba en el colegio en San Isidro, en lugar de volver a casa ahora frenábamos en lo de mis abuelos, mi mamá nos daba la merienda a mis abuelos, a mi hermano y a  mí, y mientras luego nosotros hacíamos la tarea, ella preparaba la cena, bañaba a mi abuela con ayuda de mi abuelo, le daban la comida, le cambiaban los pañales, la hacían dar una vuelta alrededor de la mesa del salón, le daban los remedios, la curaban y la acostaban. Todos los Santos días. 


En aquella época mi padre trabajaba siempre hasta tarde, llegaba para la hora de la cena, y con todo esto ahora nosotros hacíamos lo mismo. 

Nos bañábamos tarde, nos pasábamos de vueltas, se respiraba un clima de tristeza y angustia, descuidamos el colegio por culpa de nadie solo de la falta de tiempo, mi mamá no tenía fuerzas ni horas para ayudarnos con la tarea ni para revisar los cuadernos, mis padres peleaban porque la situación los sobrepasaba, mi mamá era ahora la madre de su madre, mi abuelo que se moría de pena y se la agarraba con mi tío Luis que en ese entonces era un solterón que vivía con ellos-, mi otra tía que vivía en Capital en microcentro y no ayudaba en la diaria debido a las distancias y mi abuela que mientras tanto se iba de a poco.

 

Recuerdo llegar a lo de mis abuelos y verlo ir a mi abuelo a hacer cosas fuera de la casa en busca de aire: juntar higos de la higuera, cortar hinojo para los conejos, darle de comer a los conejitos de la india, guardar las herramientas; y yo que me iba detrás del él como vigilándolo a la distancia.  Lo veía sentarse en su silla reclinable, hecha en madera y lona por el mismo, bajo la parra en verano a tomar un poco de fresco antes de la cena. Y me sentaba silenciosa a su lado.   Entonces él me veía y buscaba la escalera y me bajaba unas uvas y las comíamos sin que mi mamá lo supiera. 

Nos fuimos llenando de rituales mudos, de tristeza, de nudo en la garganta. 

Mi abuela dejó de hablar y atrás de ella todos copiamos y acompañamos de algún modo su silencio. 


Un día sentados bajo la parra mi abuelo había puesto una silla de las reclinables para él  y otra para mí idéntica pero más chica, donde nos acostábamos boca arriba mirando los rayos del sol a través de las hojas de esa parra que hacía de techo y nos separaba del cielo, atentos a que no nos cayeran gatas peludas, y me agarró de la mano y me dijo sin mirarme con la voz anudada y en su tono español -el cual conservaba como si recién hubiese bajado de aquel barco que lo trajo a esta orilla mil años atrás- más abatido que enojado: “joder puta che, cómo no me han avisado que me robarían a tu abuela”. 


Me quedé paralizada, no supe que decir, ni cómo ayudarlo.  Él no era del grupo de los sensibles, con lo cual su confesión me impactó aun más por lo inesperada.

Yo de amor todavía no sabía nada y de penas del corazón mucho menos.  Mi abuelo, que había nacido en el año 1900, tenía ya por lo menos ochenta y tantos y una vida al lado de la misma mujer a la que la estaba perdiendo todos los días un poco. Esa es la única cuenta que yo llegaba a hacer.


El silencio entre nosotros pareció eterno, mi mamá nos salvó con un grito de “a comer” desde la puerta de la casa, y él me apretó mi mano, haciéndome cómplice de su confesión, como pidiendo por favor que le guardara el secreto para siempre. Y así fue. 

Esta es la primera vez que lo cuento. 



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