EL BIGOTE DE CARLOS
El bigote de Carlos era un restaurant que en mi infancia estaba ubicado en López Camelo, cerca de mi casa. Un quincho medio pelo, de paredes bolseadas llenas de bultos de cemento sobresalientes y un techo de paja que lo convertía en un quincho de un poco más categoría para aquel entonces.
Su dueño Carlos, tenía un bigote espesísimo, bien negro, de facciones casi policiales que combinaban a la perfección con sus anteojos aviadores que estaban de moda en aquella época.
Comíamos muy seguido allí con mis padres y mi padre también lo hacía solo con sus compañeros de trabajo en algunas ocasiones, por lo tanto, en algún punto eran ya medio amigotes con Carlos.
Carlos tenía familia, esposa e hijos, un padre bajito y una madre muy ancha que hacía las mejores empanadas caseras y fritas, y unas pastas amasadas con sus propios brazos de los cuales caían unos triceps flácidos pero cariñosos. Mucho tiempo después también nos enteramos que además Carlos también un novio enfermero, una homosexualidad mantenida en secreto, y el peso de ser quien no queres ser en pos de las apariencias. Estamos hablando de los 80, post milicos, hoy parece un siglo atrás, pero para entonces esto era algo más que un desastre.
Calculo que en algún momento se les tornó inmanejable y Carlos y el enfermero fueron varias veces descubiertos infraganti y todo el mundo sabía de ellos. Carlos fue y vino de su casa; el enfermero lo mismo.
Desconozco como sucedieron los hechos, menos aún porque no tenía edad para estar entre medio de estas conversaciones en voz baja y agarraba las migajas de chimentos que se le caían a los adultos, pero supe que ambos de alguna forma dieron un mensaje prolijo, o eso es lo que interpreté años más tarde con más edad para comprender estas cosas, y la noticia original se diluyó en algo así como que no eran homosexuales sino que se habían confundido y volvieron con sus familias e hijos y todo quedó en una “confusión” más oscura que clara.
¡Si hoy con el tema sobre la mesa aun la gente cree que puede opinar acerca de la sexualidad de los otros, imaginen hace 40 años!
Carlos cerró el restaurante un tiempo, lo volvió a abrir cuando los viejos clientes se olvidaron de aquellos vergonzosos titulares de barrio y cuando sus nuevos clientes ignoraban los mismos. El público se renueva.
Una madrugada sonó el teléfono en mi casa, y llamaban de la comisaría de no sé dónde.
Alguien estaba detenido y cuando a este alguien le ofrecieron el derecho de hacer un llamado a un conocido o familiar, esta persona dio el nombre de mi padre. Era Carlos. Era el bigote de Carlos.
Que a estas alturas se había quedado sin amigos, a su familia no podía llamarlos, a sus padres mayores menos y la lista de contactos se terminaba ahí.
Mi papá le pidió plata a mi mamá del recoveco donde la escondía, agarró los documentos y salió en medio de la madrugada. Yo escuchaba desde mi cuarto, pero no entendía nada.
Varias horas después mi papá volvió entre apenado y descolocado, nosotros terminábamos de desayunar y nos pidieron a mis hermanos y a mí que nos vayamos de la cocina que tenían que hablar cosas de grandes.
Con la oreja pegada a la puerta, temblando de miedo de que nos descubrieran, oímos de boca de mi padre la noticia.
A Carlos lo habían encontrado en el baño de una estación de servicio, no recuerdo si practicándole sexo oral a otro hombre o si otro hombre practicándole sexo oral a él, pero el caso es que se aclaraba aquella confusión que había tenido con el enfermero; y lo más importante: se aclaraba para él antes que para nadie: le gustaban los tipos.










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