LAS VASCAS

Las vascas eran 4 hermanas mujeres, amigas de mis padres, que formaron definitivamente parte de mi infancia.  Ellas eran MiremSavigne, Pilar, y Paula Odriozola.  

Las tres primeras unas solteras empedernidas a las que por aquel entonces nunca les conocí un novio.  Ya eran mujeres grandes, de la edad de mis padres; excepto Paula que era la hermana menor y tendría 10 años menos que las otras. 

sea, para ubicarnos, cuando yo tendría promedio 6 años, mis padres tendrían 32, más o menos al igual que MiremSavigne y Pilar, y Paula la menor tendría entre 22 y 25 años. 

Vivían a una cuadra de ruta 9 a la altura del Frigorífico Rioplatense que aun hoy existe, pero de la mano de enfrente, en una casa que para mí era hermosa, con una escalera de madera imponente, un tanque australiano a modo de pileta, un parque enorme y dos perros que le hacían juego en tamaño y que custodiaban que nadie entrara, aunque en realidad no hacían nada.  Igual les teníamos miedo porque eran gigantes. 

No sé de dónde conocían a las vascas mis padres.  

Todas ellas trabajaban o habían trabajado en el banco, en su momento el Banco Delta, que luego fue Banco Rio de la Plata SA, luego fue solo Banco Rio y por último fue Banco Santander Rio; aunque para esta etapa ya estaban todas jubiladas.  

Para Savigne fue su único lugar de trabajo hasta que se jubiló.  Nunca nadie le conoció un novio.  Flaca, altísima, de caderas huesudas y jean pata de elefante obligado. Cuando estaba de entre casa siempre andaba con un rulero gigante arriba de su cabeza, pegado a la frente y un pañuelo de seda para que no se viera el rulero ni las pinzas metálicas que lo sostenían. Fumaba Jockey largos de paquete rojo. 

 

Para Pilar casi lo mismo a nivel laboral, solo que ella encontró el amor tardíamente a los cuarenta y algo y eso le permitió dejar de trabajar para apurarse a tener dos hijos con Galletti, un hombre enorme, gracioso, con mucha calle, gran tomador de whisky, que caminaba con un andar entre desvencijado y torpe. De familia con campos, de andar en camionetas de toda la vida y que también andaba solo hacía rato hasta que la cruzó a Pilar en el banco.  Tuvieron un romance corto y se casaron al poco tiempo.  Fueron grandes compañeros hasta que él murió hace un par de años. Eran dos padres chochos y agradecidos supongo que porque los hijos les llegaron cuando creían que ya estaba todo dicho y la vida les dio un extra que ya no esperaban.  Galletti pasaba de estar forrado en guita a estar endeudado hasta las pelotas sin que se le mueva un solo pelo.  Cualquier otro, al primero de estos sobresaltos hubiera muerto de un infarto, él giraba en descubierto sin pestañear, y en cualquier momento te cerraba un negocio al ritmo que estiraba una mano, abría la guantera y te hacía un cheque a 60 días. Era un gitano de clase media alta venida a menos.  Pero conservaba el acento de la gente bien, que ha sabido tener y manejar peones, querido por casi todos. Medía casi 1 metro noventa, panzón, y vestía Jean, camisas y mocasines siempre.  Pañuelo al cuello en ocasiones especiales y boina en invierno, que la usaba con una leve inclinación hacia el costado derecho.  Siempre perfumado; afeitado sólo día por medio. 

 

Mirem se fue del banco en algún momento para irse a trabajar a una concesionaria de autos Fiat en Punta Chica.  Su dueño, Cacho Farace, era un atorrante como todo agenciero de autos, también todo terreno, divertido, fumador, de voz ronca, que portaba una pelada y una panza con la gracia que no tienen ni los que han ligado toda la facha del mundo.  Encima era petiso. Enseguida se integró al grupo e hizo migas con Galletti.  Eran iguales, hacían lo mismo, vendían autos y estaban siempre metidos en algún revoleo.  Dos oportunistas natos con guita en el bolsillo siempre para poder encarar esas oportunidades.  Yo amaba a Cacho Farace y amaba sus historias, sus cuentos, su forma exagerada de contar todo y agrandarlo.  En cuanto él llegaba, yo me mantenía cerca para escuchar todos los detalles de lo que fuera a contar.  Sus cuentos eran garantía de imperdibles.  Tenía historias fantásticas, pero además sabía contarlas, que no es lo mismo que solo tenerlas. Y además conocía a todo el mundo o eso decía, lo cual le ampliaba el campo de acción y tenía aventuras de toda índole de punta a punta del planeta.   

Muchos años después, en realidad hace 3 o 4 años, mientras “me hacía los pies” en mi pedicura Mirta, entre una estampida de chimentos, me enteré que Miren se había terminado casando con Farace hacía algo así como 10 años, cuando ella tenía 60 años o algo similar.  Me resultó tierna la decisión tardía, quien sabe los motivos.  Farace murió al poco tiempo, y ella a continuación tuvo un ACV que le dejó la cara torcida y algunas dificultades para manejarse sola los primeros tiempos. Su hermana Paula le hizo lugar en su casa hasta que Mirem pudo volver a la suya.  Lo único que pensé fue todo lo que habían esperado para que les dure tan poco. 

 

Paula, que era la madrina de mi hermano Martin, era la más dulce de todas.  Tenía novio, Rubén, un buen mozo de piel trigueña todo el año, ojos azules, y una maderera náutica en acceso tigre, heredada de su padre.  Fue la única que se casó a tiempo para planificar una familia sin apuros.   

 

Menos Paula, las otras tres tenían estilos, costumbres y formas casi idénticas.  Eran tres personajes dignos de una historieta.  

Todas ellas fumaban como chimeneas, tenían siempre autos nuevos cero kilómetro, y eran fanáticas de Fiat.  Andaban abusivamente bronceadas y ya de grandes tenían -sobre todo Pilar- la piel absolutamente arruinada y arrugada.  Sus manos grandes, de dedos gruesos pero largos, siempre se destacaban por sus impecables uñas larguísimas y religiosamente pintadas de rojos furiosos. Usaban anteojos de sol gigantes, plataformas y ropa al grito de la última moda. Peinadas de peluquería siempre, pero en realidad lo hacían de forma casera solas y se peinaban y se hacían la toca con la cancha de un estilista.  

Eran dignas de una tapa de revista de la época y no por que fueran justamente lindas, opuestamente no lo eran ninguna de ellas tres, pero tenían estilo.  



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