NOSTALGIA
Hoy viendo fotos viejas, de cuando mis hijos eran chicos, de cuando mi hija menor amagaba a dejar los pañales, y mi hijo mayor me parecía que hacía las peores travesuras del mundo porque aún no sabía cómo iba a ser a sus actuales 16, o el del medio tenía el pelo color blanco… sentí en el medio de mi panza la efectividad de la trillada frase hecha “qué rápido pasan los años, qué rápido crecen”, y el efecto de la frase atravesándome de angustia, y me dieron ganas de llorar.
Y me entristeció no el
hecho de estar grande sino de que ellos lo estén. Mis hijos.
De que ya la única que me
queda que se pasa cada tanto a mi cama es Ailine, porque los varones son casi hombres
o proyectos de y ya la situación supongo nos da pudor a todos aunque no lo
digamos.
Porque cuando tenes hijos
adolescentes hasta que los beses los avergüenza y si lo haces tenes que hacerlo
fuera del alcance de la vista de sus amigos, sin mucho manoseo, nada de abrazos
y mucho menos un te quiero en público, que en caso que suceda te lo ignoran
dándose vuelta rápido disimulando que fue dirigido a ellos.
A esto le agregamos que no
soy la más afectuosa a nivel contacto físico, así que estamos medio listos.
Me dio pena que hoy ya no
tengo la cantidad de fotos que tenía antes a la edad que aún no estaba en
discusión si sacabas muchas o pocas fotos y nadie pensaba que eras un pesado o
no, simplemente sacabas y nadie lo cuestionaba y no les importaba nada y hasta te
complacían con mil monerías, cuando ahora más de dos disparos es casi abuso. Lo
cual no aplica para las “selfies”, que entre otras cosas odio llamarlas
selfies, pero no sé cómo decirlo de otro modo tampoco.
Me angustió estar
atravesando la época de las peleas entre padres e hijos, momento de gloria para
los amigos y cualquier cosa que “esos amigos” aunque sean amigos que conocieron
hace 1 día , y momento en el cual en paralelo los padres pasamos a ser un
referente poco buscado, con teorías pocas veces festejadas y encima “abucheadas”. Teorías que salidas de la boca de un profesor
copado, o del padre de otro amigo o de sus amigos mismos, son verdades
absolutas indiscutidas. Pero en fin...
Y me pregunté si mis hijos
serían felices, si hoy y sobre todo en algunos años recordarán su infancia como
algo grato, que en definitiva es lo único que quisiera que me vuelva cuando
estemos de vuelta. Saber que han disfrutado las vacaciones, que recuerdan cada
aventura, que disfrutaban las salidas y los juegos y el mar de los veranos, y
el frío de las vacaciones de invierno. Si recordarán los nesquik que uno les
hace con total esmero desde que son chicos como si se tratara de una receta
única, y aún hoy se los sigo haciendo YO porque nadie se los hace igual y me
gusta que digan eso, como me gusta cuando alguna vez los he descubierto
avalando que mis empanadas, mis pizzas caseras, mi pan con ajo y las fajitas
las hago como nadie aunque estén exagerando porque no comen fajitas en otro
lado más que en casa. Y me pregunté también si de más grandes tendrán el tamiz
apropiado para poder diseccionarnos como padres y entender que tal vez no fui
como ellos querían pero fui lo mejor que estuvo a mi alcance, y que me fue
imposible ser “LA MEJOR”, pero hice lo mejor que pude siempre. Y quizás fui
buena cocinándoles, pero sé que no fui de las madres que se tiran al piso a
jugar por horas, o que quizás no les patié la pelota todo lo que esperaban,
pero me aseguré de que tuvieran muchos libros, y de leerles de chicos para que
les gustara leer tanto como a mí o intentarlo, y no fui la mejor anfitriona de
amigos, ni tuvieron una casa llena de permisos, pero les quise mostrar que no
todas las familias son iguales y lo que importa es quererse, respetarse y
perdonarse por sobre todas las cosas porque no solo los chicos deben pedir
perdón sino los grandes aunque eso nos deje parados en un lugar que sospechamos
nos desautoriza cuando en realidad nos revaloriza.
Y también lamenté ya no
tirarnos a ver tantas películas como antes en la alfombra del living, porque
cuando llega el fin de semana todos están en edad de salir y cada uno tiene sus
planes y la casa queda desierta; y en la semana todos esperan terminar sus
tareas y actividades y entrenamientos para después de cenar conectarse con sus
celulares y ver su serie favorita, chatear con amigos, subir una foto a
Instagram, o darle me gusta a algo. También es lindo
verlos hacerse grandes, y saber que están creando su propia historia, o cultivando
los amigos que ojalá sean sus amigos para siempre… pero igual da nostalgia.
La ley de la vida: en jardín amamos a nuestros padres y nos parecen superhéroes, para en la adolescencia convertirlos en tiranos sin escalas y terminar a los 25 amigándonos con ellos, visitándolos y disfrutando los encuentros porque en el mejor de los casos ya vivimos solos y nos da gusto verlos y que nos esperen con una comida rica que no es delivery. A los 30 nos hacemos del mismo equipo, y los entendemos, los compadecemos por todo lo que les hicimos pasar cuando éramos adolescentes, les pedimos consejos y ayuda con nuestros hijos, rogamos que nuestros hijos no nos den el trabajo que les dimos nosotros y cerramos el circulo con un amor maduro de padres e hijos que recorrieron lo que había que recorrer, porque todos pasamos por lo mismo, con más o menos altibajos, pero ese es el camino. Y podremos seguir peleando cada tanto, pero ya no por diferencias del vínculo mayormente sino porque todos los seres humanos tenemos diferencias que ajustar cada tanto.
Hoy me junto cada semana con
mis padres a cenar, no dejo que mis hijos hagan planes para ese día porque
quiero que se vinculen con sus abuelos, no les dejo prender la PlayStation, y a
menos que haya un partido de fútbol que puedan compartir con ellos tampoco se
enciende la tele, porque la idea es cultivar ese encuentro a nuestro modo, con
nuestro estilo propio. No soy la hija pegote
que los visita día por medio, soy ermitaña, me gusta mi intimidad y mi casa y tengo
pocas horas libres, pero aún si el domingo a la noche de cada semana me gusta
que mis hijos esperen a sus abuelos para que mi papá les cuente sus historias,
sus anécdotas que ellos miran desde un escalón más abajo con gusto a admiración
y con gusto a los helados que son ritual del encuentro.









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