ROBO EN HENRY FORD

Eran épocas de recién estrenada democracia y había asumido Raúl Alfonsín como presidente de nuestra querida República y abundaba la mano de obra desocupada de personal militar en desuso. 

Un mediodía de un día de semana a mi casa entró un Falcon rural, por la entrada de los autos, no sabría decir si la tranquera estaba abierta o si la abrieron los que venían en el Falcon, pero de repente adentro de la casa y a plena luz del día había 4 tipos armados con escopetas y revólveres,  que habían entrado por la puerta de la cocina, que en mi casa está al fondo de unos 20 metros que hay que caminar desde el portón hasta la misma, vestidos de indisimulada fajina, cortes de pelo rapado a los costados y en la nuca, una medida más de maquinita en la parte superior de sus cabezas, borcegos, pantalones y camisas verdes, camisetas blancas abajo, anteojos…  

Nosotros estábamos en el colegio y ese día el pool de la tarde le tocaba a Graciela, una vecina, petisa, retacona, anchas caderas, unos ojos verdes preciosos, loca como una cabra, divertida como casi toda loca, peligrosa al volante, lo cual seguramente mi madre lo desconocía y por eso nos dejaba volver con ella en su Mercedes Benz 220D rural color beige metalizado, a toda máquina, agarrando todos los pozos que podía, o cortando camino por la banquina en épocas que la Panamericana tenía dos manos y se abarrotaba de nada.  Sus hijas iban a otro colegio, La Casa Azul, muy hippie pero como quedaba cerca del nuestro a ambas madres les servía repartirse las idas y vueltas y habitualmente mi papá nos llevaba a la mañana cuando iba a trabajar a Plan Ovalo en Capital y Graciela mayormente nos buscaba a la tarde mientras duraron las épocas de pool. 


El caso es que entraron 4 tipos y por suerte nosotros (mi hermano Martin y yo) no estábamos. 

En casa estaban mi mamá, el jardinero de turno, la pedicura que ese día le había ido a hacer los pies a mi mamá (épocas de oro de pedicuría a domicilio), la empleada que vivía en casa y mi hermano Diego que era bebé y dormía en su cuarto. 

"Todos al sótano", fue la orden, cuando detectaron que había un sótano. 


La casa de mis padres no tiene un sótano de esos que sacas unas tablas del piso y bajas por una escalera incómoda y prendes la luz de una cadenita.  Es un señor sótano. Tan grande como la superficie de la casa misma pero un piso para abajo, con puerta, con una escalera hecha y derecha, ventanas al ras del piso por las que ves para afuera a la altura de los pies de la gente que camina por el nivel de la tierra, gimnasio en aquel momento, salamandra, estanterías para guardar cachivaches, viejo lugar donde mi mamá se stockeaba por si entrábamos en guerra, con niveles de stock exagerados suficientes para alimentarnos meses y cuyas fechas de vencimiento casi siempre estaban pasadas y por mucho.  Había un freezer con también grandes cantidades de carne y leches congeladas, más un sillón cama, mesa y sillas, y una mesa redonda con paño verde que se usaba para jugar al póker.  Era un bunker más que un sótano. 


El jardinero se resistió así que fue el primero en cobrar y ligó unos cuantos culatazos que lo dejaron ensangrentado y tranquilo sin ganas de revelarse por un rato. 

La pedicura lloraba, y rezaba en voz alta sin parar, un ave maría en loop que donde terminaba volvía a arrancar nuevamente, así que terminó poniéndolos nerviosos también y ligó algo, amén de que le gritaron y la asustaron más de lo que ya estaba. 

Mi mamá pedía de ir a buscar a mi hermano bebé a su cuarto para que no se despierte y se asuste y para calmarla los hijos de puta le dijeron que si jodía se lo llevaban.  Muy tranquilizador.   


Los tipos le preguntaron a mi mamá donde estaba la plata, y la verdad es que en mi casa nunca hubo plata en efectivo, a mis viejos toda la vida les encantaron las tarjetas de crédito, pero calculo que para alguien que se mete a robar una casa enorme de 300m2, con pileta, dos terrenos gigantes, autos nuevos, en un barrio residencial resultaba medio increíble que no tengan un peso. 


Como si fueran pocos, sonó el timbre, uno de los tipos se fue hasta el portón y le abrió a la visita, que era Hugo, el Gerente general de la empresa donde mi papá era presidente que venía a dejarle cheques para firmar para cuando llegara.  Le abrieron la tranquera, el tipo que le abrió había puesto su arma en un balde de zinc en el que le dábamos la avena a nuestros caballos cada noche, y sin tener que explicarle nada a Hugo, le inclinó el balde, le mostró el contenido, le dijo “seguime y no se te ocurra hacer una sola boludez porque te mato”, y lo unió al grupo que estaba en el sótano. 

Mientras tanto un tipo controlaba la manada abajo, otro estaba en la puerta y los otros dos rompían y revolvían todo. 


A Diego, mi hermanito, que era la piel de Judas misma, lo que más le gustaba era descontrolar al extremo su cuarto cuando se suponía que dormía la siesta.  Mi mamá lo acostaba, lo dormía y cuando era la hora de despertarlo mi mamá iba a la habitación y siempre había hecho algo no debido. 

O había vaciado el ropero, o había abierto la cajonera que estaba del lado de adentro del dormitorio, pegada a la puerta y entonces no se podía abrir la puerta y el quedaba encerrado hasta que entendía que para abrir necesitaban que él cerrara el cajón.  Un día encontró unos fósforos, prendió uno y cuando le quemó el dedo lo soltó -tal como nos contó después en su idioma- y de casualidad no se prendió fuego él y todo el cuarto con camas, cortinas y colchones incluido.  Un diablito.  Esto hizo que mi mamá le mandara a hacer a Marta la modista una especie de faja de tela de 20/25cm de ancho con la que mi mama abrazaba el colchón de la cuna funcional de mi hermano, lo fajaba al colchón y así cuando se despertaba no podía levantarse al menos rápidamente y a mi mamá le daba tiempo que cuando lo escuchaba salía corriendo antes que pusiera en riesgo su vida.  Fuera de contexto y mirándolo a la distancia, suena a campo de concentración, pero objetivamente y sin ánimos de defender a mi madre, juro que mi hermano lo merecía. Más allá que mi mamá tenía ya para entonces sus métodos más fachos de crianza un tanto ablandados con este tercer hijo. 

Los tipos siguieron buscando guita, la plata no aparecía por ninguna parte, así que directamente empezaron a amenazar a mi mamá y decirle que si encontraban un solo dólar la iban a violar.  Un mensaje claro y concreto.  Mi mamá lloraba aterrada. 

Plata por parte de mis padres supe después que realmente no había, pero mi mamá sabía que yo tenía mis ahorros en moneda extranjera que mi abuelo y mi tío abuelo me daban todos los meses cuando cobraban su pensión que les llegaba desde Europa por haber estado en la guerra de Franco en España, amén de contribuciones especiales de las que me hacía en fechas tales como cumpleaños.  Y si bien la suma de mis ahorros no sería una millonada, podía ser suficiente para sacar de quicio a estos tipos que estaban hambrientos como perros por encontrar algunos billetes y se enfurecerían de sentirse engañados o burlados.  


Siempre me gustó ahorrar plata y esconderla en lugares disparatados, pero el verdadero gusto estaba en ordenar y contar los billetes todas las noches como si la suma de mis ahorros fuese a modificarse de un día para otro.  Y chequeaba por las dudas que mi hermano me robara o alguien pudiera haber descubierto mi escondite.  Terminaba de cenar y cuando me mandaban a dormir, me lavaba los dientes, saludaba a mis padres, cerraba la puerta con traba de mi cuarto, hacia el recuento, anotaba y ponía la fecha y firmaba en una hoja suelta de cuaderno cuadriculada y cuando todo estaba nuevamente guardado, abría la puerta porque me daba miedo dormir con la puerta cerrada y me iba a dormir.  El detalle de la plata lo guardaba aparte, en una caja de madera que me había hecho mi abuelo, tipo baulito, pero del tamaño de una caja de zapatos, con candado, en la que guardaba este tipo de documentación importante, cartas de novios y amigas, y cosas confidenciales o valiosas como etiquetas de alguna prenda favorita, alguna foto, y más avanzada en edad guardaba cigarrillos incluso. 


Llegó otra visita, Franco, un empleado de mi padre que no sé a qué venía y sin detalles que resaltar también lo mandaron para el sótano. 

Ya sumaban 6 los que estaban abajo, más mi hermano en su habitación quien sabe haciendo qué. 

Los tipos terminaron de cargar todo lo que pudieron en su rural, al que los vigilaba en el sótano le dieron orden de subir, como la puerta del sótano no tenía la llave pusieron una copa en el picaporte para que si alguien intentaba abrir la puerta se caía la copa, se rompía y cuando no entró nada más en el auto, decidieron irse. 

El grupo del sótano supo que se estaban yendo porque por la ventana que daba a nivel del piso hacia el exterior vieron las ruedas del auto poner marcha atrás, vieron borceguíes que se dirigían hacia el lado de la calle y básicamente los escucharon estar en retirada.  Igual decidieron quedarse encerrados por un rato por si acaso alguien había quedado en la casa y cuando consideraron un tiempo prudencial, se envalentonaron y salieron y mi mamá corrió a confirmar si mi hermano estaba en casa o se lo habrían llevado. 

Probablemente mi hermano estuviera despierto hace rato y haya aprovechado silenciosamente la quietud de la casa para hacer de las suyas en lugar de llorar como un bebé normal que llora para que lo vengan a buscar, sin saber que esta vez en la casa había otros “chicos malos” que estaban haciendo cosas más graves que él.  


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